Mis crónicas desde el confinamiento: Lealtad y buenismo progre

Benditas medidas sociales para los más desprotegidos. Malditos “escudos”partidistas para quienes pretenden la exclusiva de la sensibilidad humanitaria.

Créanme que no me conmueven las permanentes llamadas del Gobierno a la lealtad, ni me ablandan o acobardan las indisimuladas reacciones contra las críticas. Confieso que me duelen las amables protestas de quienes disienten de mi posición, precisamente por el dolor añadido que, en ellos, producen las mías como efecto, aunque no deseado, colateral.

La situación es caótica, todos lo sabemos y, todos, todos –desde Sánchez hasta el ciudadano con menos responsabilidad individual sobre el resto- lo sufrimos y soportamos.

Mas al dirigente no le acoge derecho de queja. Es un principio histórico y universal. Y el ciudadano libre no debe renunciar al de protesta ordenada y cívica que en ocasiones como esta, adquiere el rango de obligación moral.

Un buen amigo socialista me hace llegar un escrito de Amalio Rey –lo cito aquí por si desean conocerlo- con el provocador título “Torea tú el morlaco del Coronavirus a ver qué bien lo haces” … No sé si ese “tú” soy yo … Pero lo cierto es que ni mi trabajo, ni mi preparación, ni mi compromiso social y personal, ni tampoco mi pretensión ni mi salario, se compadecen con la particular faena a la que hace mención el firmante. ¿Lealtad gubernamental o buenismo progre?

No amigo, no D. Amalio, yo no milito en partido político alguno, ni ejerzo el sufragio por consigna, ni pido el voto para nadie siquiera en mi entorno familiar. Ergo no aspiro a administrar confianza depositada por otros en cargo político alguno, ni peleo por entrar en las listas en puestos de salida, ni cambio ideales y principios por lentejas.

No soy ministro por la gracia de Dios, ni por la poca gracia de un pacto contra natura cimentado en la traición secesionista. Soy, y no me avergonzará nadie por ello, un español libre y de a pie. Y no me callarán falsas lealtades ni buenismos de salón.

Cierta simetría conceptual -no necesariamente especular- siempre oportuna en las relaciones espaciales, territoriales y humanas, aconseja a mi criterio mantener la vigilancia crítica sobre el inmenso aparato propagandístico del Gobierno y el amplio conjunto de corifeos mediáticos que le acompañan en la tarea. A menudo en compensación de favores recibidos o de promesas de futuro, otras veces por inercia, en ocasiones por subordinación y “quasimilitancia” afín.

No es el caso de ESdiario que me acoge. No lo es el de este modesto y persistente opinador de escaso eco. “El cariño verdadero ni se compra ni se vende … “ dice la copla española “… no hay en el mundo dinero para comprar los quereres”. Ni las voluntades, añado de mi áspera cosecha.

Entiendo, claro que entiendo, que lo haga como mejor sabe ... Y ahí está para mi el “quid” de la cosa, que aunque quisieran, aunque pongan todo su empeño, no lo saben hacer mejor.

Entiendo, claro que entiendo, la dificultad de gobernar en situación tan dramática. Y entiendo, claro que entiendo, que lo haga como mejor sabe quién accedió a ello prometiéndoselas felices y por la puerta de atrás. Y ahí está para mi el “quid” de la cosa, que aunque quisieran, aunque pongan todo su empeño, no lo saben hacer mejor.

Un gobierno artificialmente sobredimensionado en origen para contenta regos y blanquear conductas chantajistas, dividido desde su constitución por la carencia de una estructura firme y unitaria, diezmado en la práctica como consecuencia del propio gran conflicto sanitario, concentrado en un mando único de escasa o nula experiencia organizativa … y permanentemente a la greña. Un gobierno que hace aguas y cuyo capitán debe permanecer en el barco y hacer que no se hunda.

Me ha parecido oír amagar en las noticias televisadas a la hora de comer, con incluir lo que ESdiario ha titulado con acierto “Iglesias exhibe los galones de su poder en la cara de Calviño”, pero finalmente han tenido el buen gusto de evitármelo.

Benditas medidas sociales para los más desprotegidos. Malditos “escudos”partidistas para quienes pretenden la exclusiva de la sensibilidad humanitaria.

Por mi parte seguiré gritando -como en ese chiste del aviador ciego que recorre ahora las redes- para que este gobierno, el que tenemos, despegue de una vez. Y nos salve. Con la ayuda de Dios.

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