Los otros esclavos del siglo XXI

No conozco a nadie a quien no le “gusten” los caballos. Y entrecomillo el término gustar, porque, como siempre ocurre con los animales, esta palabra es tan subjetiva como tramposa.

La relación entre los humanos y los caballos es muy antigua. Estos animales siempre han sido admirados por su belleza y utilizados por su fuerza, como medio de transporte y tracción.

No conozco a nadie a quien no le “gusten” los caballos. Y entrecomillo el término gustar, porque, como siempre ocurre con los animales, esta palabra es tan subjetiva como tramposa.

Y es que nuestra innata fascinación por los animales nos lleva a que los privemos de libertad en zoológicos y acuarios para poder verlos de cerca, a que les neguemos su capacidad de volar reteniéndoles en jaulas para poder escuchar su canto, o a que les separemos de sus madres a quienes hemos convertido en máquinas de fabricar cachorros para que nos hagan compañía.

Sé que a la mayoría de personas nos indigna que se maltrate y dañe a los animales. Sé que la mayoría nunca les haríamos daño conscientemente. Sin embargo, continuamente actuamos en contra de sus propios intereses.

Nos falta otra perspectiva para ser capaces de adentrarnos en su realidad, nos falta cuestionarnos el trato que les damos y nos falta información. Mucha información.

Y lo que les ocurre a los caballos no es una excepción.

¿Por qué seguir utilizando caballos como medio de transporte?

Los caballos no tienen entre sus preferencias vivir retenidos por humanos, muchas veces aislados aun cuando de forma natural viven en manadas, en espacios cerrados, de los que sólo pueden salir cuando nos conviene, evidentemente para prestarnos un servicio, que puede ser más o menos perjudicial para su integridad.

Los caballos no necesitan trabajar, como a muchos les gusta justificar, para ganarse el sustento. El trabajo es una actividad humana, creada por las personas para mantener nuestro modo de vida (más o menos absurdo) y desde luego es, cuanto menos estúpida, la idea de que debamos otorgarles obligaciones cuando les privamos de cualquier derecho.

Los caballos no deberían ser nuestros esclavos.

En primer lugar, desde su perspectiva.

Porque son individuos con capacidad de sentir y sufrir y con intereses propios, entre ellos, el de vivir una vida, la suya, con dignidad y en libertad.

En segundo lugar, desde la nuestra.

Porque no nos hace falta subir a una calesa para pasear por el casco antiguo de una ciudad, cuando tenemos infinidad de alternativas de transporte.

No nos hace falta obligarles a que nos obedezcan para poder sentarnos sobre su lomo y sentir el viento en la cara. Hay otras formas de divertirse y de afrontar retos.

No nos hace falta verles tirar de carros cargados de “tradición”, una tradición intocable para lo que nos interesa, pero que adaptamos a la tecnología cuando nos conviene.

Así que, la próxima vez que veas cómo se “utiliza” un caballo, te invito a que reflexiones. Sé que tienes la capacidad de cuestionarte lo que ves y sé que si ves y sientes su realidad, no serás partícipe de su esclavitud.

Porque en pleno siglo XXI hay todavía, por desgracia, muchas cadenas por romper. Pero cada cuerda que cortamos, supone un avance en el camino y la dignidad para quienes no deberán a volver a llevar nunca grilletes.

 *Coordinadora de PACMA en Valencia

 

 

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