18 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

España, ese país que gana en (casi) todo pero se hace mucho daño en casa

Los éxitos colectivos e individuales del deporte, el arte o la gastronomía en España contrastan con la parálisis y la poca altura de miras de su clase dirigente.

 

España ganó algo más que su segundo Mundial de Baloncesto en China, una gesta deportiva de primerísima magnitud que demuestra la capacidad y solera de un país histórico que brilla en los acontecimientos deportivos en equipo e individuales desde hace mucho tiempo.

En fútbol, basket, tenis, waterpolo, balonmano, motor o ciclismo, por citar solo algunas modalidades; España y los deportistas españoles cosechan enormes éxitos internacionales que le colocan en el lugar que, en realidad, le corresponde en el mundo.

El de un país con pasado, con identidad, moderno y capaz de estar siempre entre los mejores: no es un ejercicio de patrioterismo insustancial, sino la traducción en una idea de algo que viene soportado por las cifras, los hechos y los éxitos.

Sonrojante

Lo sorprendente, cuando no sonrojante, es que ese estímulo nacional colectivo que se pone en marcha con el deporte o determinadas artes, no catalice de algún modo también la acción política, que bien podría inspirarse y seguir el camino que marca la sociedad. Lo suyo sería guiarla, reforzando ese potencial, pero sería suficiente con que no la entorpeciera.

Si los políticos también son una selección, en su caso no solo no llega a la final, sino que a duras penas se clasifica para una competición de decencia y altura de miras

Y sin embargo lo hace. El antagonismo entre la capacidad de los baloncestistas y el orgullo subsiguiente de una inmensa mayoría de españoles y la torpeza de la clase política y los debates rupturistas en España es, sencillamente, antológico. E inaceptable.

¿Y la política?

La tensión política, la incapacidad para el entendimiento, el nulo espíritu reformista y las tensiones territoriales no se corresponden desde luego con el sacrificio y talento de la Selección Española, pero tampoco con el combustible que hace andar, y de qué forma, su motor: el que ponen los ciudadanos siendo felices con los triunfos de los suyos.

La moraleja es muy buena para España pero muy inquietante para quienes la dirigen: no están a a la altura ni del país al que representan ni de los ciudadanos que les votan. Si los políticos también son una selección, en su caso no solo no llega a la final, sino que a duras penas se clasifica para una competición de decencia y altura de miras.

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