En nombre de la evolución: abolición

La manifestación contra la tauromaquia demuestra que hay un movimiento social imparable y que existe una esperanza que une a miles de personas para abolir la barbarie taurina

Este fin de semana miles de personas nos manifestamos una vez más en Madrid para pedir el fin de la tauromaquia. Y, como todos los años por estas fechas, mis emociones se “desencuentran”.

Por una parte, no puedo dejar de sentir un dolor inmenso ante la indiferencia de quienes nos gobiernan, que bien entrado el siglo XXI, y pese a llenarse la boca con palabras tan contundentes, pero que a su vez han quedado tan vacías de contenido, como “progreso”, siguen permitiendo que en este país se torture públicamente hasta su agónica muerte a un animal inocente, que tiene la misma capacidad de sentir y sufrir que cualquiera de quienes somos capaces de leer este artículo.

Dolor que produce la impotencia de saber que decenas de miles de animales morirán este año, tras ser masacrados, con la rancia excusa de la tradición. Y digo excusa, porque no hay un solo argumento que pueda justificar esta barbarie, que hace muchos años debió quedar enterrada entre las hojas de los libros de historia que cuentan los más negros y macabros actos de nuestra sociedad y que, por desgracia, todavía hoy persiste.

Y el dolor de pensar que, todavía hoy, algunas personas hacen del tormento a que son sometidos los toros, vacas y becerros, una forma de vida y de diversión, que tratan de perpetuar en algunos niños y niñas, rompiendo de cuajo su capacidad innata de sentir afecto hacia los demás animales y cercenando su capacidad de empatía.

No obstante, este dolor se funde con la esperanza.

Esperanza porque hay un movimiento social imparable, que lejos de reivindicar algo en beneficio propio, se mueve por la empatía hacia quienes sufren, pero no tienen voz.

Esperanza, porque en esta lucha pacífica no existe diferencia entre edad, sexo, identidad de género, etnia, nacionalidad o cualquier otra discriminación arbitraria que nos clasifique. Nos une la compasión.

Esperanza que produce compartir, junto con miles de personas, un objetivo común, el fin de la barbarie taurina.

Y estoy convencida que cada vez estamos más cerca de conseguirlo. Cada vez somos más quiénes nos posicionamos abiertamente en contra de esta sinrazón, y sólo un paso adelante es posible. En nombre de la evolución: abolición.

 

* Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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