26 de febrero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Pedro Sánchez, a las órdenes de ERC y sometido por un Quim Torra desatado

Es inadmisible y humillante que el Gobierno de España dependa en exclusiva de dos partidos que no quieren a España y utilizan la presidencia para lograr su objetivo.

 

 

 

Con un lapso de apenas unas horas, el Gobierno de España pasó de anunciar formalmente que posponía la "Mesa de negociación bilateral" con la Generalitat a después de celebrarse Elecciones en Cataluña a, con idéntica solemnidad, comunicar que la pondría en marcha en cuanto le dijeran.

El enésimo volantazo de Sánchez vino precedido de una insólita mediación de Gabriel Rufián, que impuso al presidente del Gobierno el cambio tras mantener una reunión personal con él para darle instrucciones.

Si el fondo del asunto es lamentable, la liturgia resulta desoladora, pues visualiza con estrépito la dependencia absoluta del poder Ejecutivo de un partido que no cree en España y está dirigido por un condenado y de otro que está huido de la justicia española desde hace dos años.

A este espectáculo, se le añade la actitud de Quim Torra, un dirigente siempre desquiciado que ahora ha alcanzado el paroxismo impulsado por la guerra electoral que libran su partido y ERC.  El inhabilitado diputado fue muy claro para qué se reunirá el próximo 6 de febrero: para hablar de autodeterminación y amnistía a los presos.

 

En resumen, el Gobierno de España está sometido por partida doble: de un lado, por una Generalitat insurgente cada cinco minutos y, de otro, por dos partidos independentistas que elevan el peaje a Sánchez cada cinco minutos mientras libran un pulso indecoroso por la hegemonía soberanista en Cataluña.

 

 

"Seré muy claro: si no hay mesa, no hay legislatura". La frase fue pronunciada por Gabriel Rufián en la sesión de investidura en la que Sánchez, pese a conocer la tremenda factura que le pasarían sus socios interesados, decidió seguir adelante y alcanzar un acuerdo que ya empieza a pagarse.

Porque del independentismo se podrá decir muchas cosas, y todas malas, pero no que carezca de coherencia ni que no anuncie, con tiempo, qué quiere y cómo lo quiere. Y fue cristalino a la hora de anunciar que su respaldo a Sánchez no era otra cosa que una manera de facilitarse sus objetivos políticos, incompatibles con la idea de España constitucional vigente.

Un Gobierno intervenido

Con un campo incendiado, una crisis económica incipiente y un Brexit culminado; el Gobierno de Sánchez vive pendiente de sobrevivir asistido por un soberanismo feroz e insaciable.

Un paisaje perverso en el que el actual presidente se ha metido de manera voluntaria, movido por una mezcla de ambición y sectarismo que le llevó a desechar otras opciones y acuerdos. Ahora paga el precio, sí, pero lo peor es que la abona España en su conjunto.

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