19 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Saúl Ortiz

    El Coso Rosa

    Repaso con agilidad torera los embistes de diestro y siniestro sin que me tiemble el estoque, con el que me enfrento a los morlacos bravos y a los mansos. Me gustan las tardes de gloria, aunque a veces la vuelta al ruedo sea, más bien, una desvergüenza. Entraré siempre a matar aunque antes me deba persignar.

María José Campanario muestra su verdadera identidad y enamora a sus fans

María José Campanario vuelve a sonreír

María José Campanario vuelve a sonreír

La mujer de Jesulín de Ubrique ha dado un paso más para demostrar que todo en ella es real, sin artificios. La Campanario ya no se calla más y demuestra que puede con todo.

Nunca antes se había mostrado igual aunque María José Campanario insiste en que sigue siendo la misma. Mery para los amigos, y no La Campa como maliciosamente la rebautizó la mismísima Belén Esteban en tiempos dolosos. María José ha descendido de los altares para demostrar, entre otras cosas, que la elegancia y educación no son incompatibles con la cercanía y la simpatía. 

Desde que hace unos días desembarcó en las redes sociales, es imposible no simpatizar. Sobre todo porque no teme a nada ni a nadie. Ventila las críticas con una parsimonia altamente convincente y se implica, como el que más, en sus comentarios en abierto. Es lo que pasó hace unos días cuando, sin maquillaje y sudando sinceridad, compartió una imagen sin maquillaje y demostrando que, sin corona, es también una Princesa. Junto a la foto, un texto con una frase demoledora que no deja lugar a las dudas: "Aquí no está el personaje, hay una persona como vosotros, y nada más, a bocajarro y con el alma abierta a quien quiera conocerme, no como "La Campa", sino como Mery, que es como me llaman mis amigos".

 

 

Me encandila está Campanario que ha dejado ese oscurantismo que hacía multiplicar los rumores y que se muestra sin dobleces. Sin miedos. Parece no importarle, ni siquiera, que la Esteban utilice sus ciberentradas para hacer leña del árbol caído, para poner en tela de juicio una enfermedad que deja a miles de personas postradas en una silla de ruedas. Sigo intentando recuperarme de la maldad que le soltó en plena línea de flotación al insinuar que la vida le había castigado con la fibriomialgia por sus líos pasados con la Seguridad Social. Una trapacería verbal solo comparable a la que escupió Aída Nizar cuando, en Crónicas Marcianas, se acercó a un paralítico para confirmarle que "Dios da a cada uno lo que se merece".

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