11 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sánchez es el único culpable de prolongar un cuatrienio negro en España

España no ha conocido respiro desde que, en 2015, Sánchez iniciara un camino de inestabilidad y bloqueo que ha rematado con una sonrojante repetición electoral con la que busca un premio.

 

 

España volverá a votar el próximo 10 de noviembre y lo que, en condiciones normales, es un genuino acto democrático, en las presentes es el síntoma de un deterioro institucional y político de dimensiones gigantes. Porque los españoles ya votaron el pasado 28 de abril y porque su vuelta a las urnas no es la culminación de un proceso natural, sino la constatación de un fracaso que, lejos de penalizar a su inductor, pasa factura al ciudadano y le obliga a responsabilizarse del entuerto.

No hay que engañarse al respecto de quién es el culpable, por mucho que la maquinaria publicitaria que le acompaña intente disimularlo y presentarle como una víctima: es Pedro Sánchez, y nadie más, el máximo responsable de este galimatías, cuando no su premeditado inductor.

Y no lo es de manera repentina y ocasional, sino de forma sostenida y perfectamente calculada. Comenzó a alterar el mapa institucional en 2015, con una derrota estrepitosa del PSOE que le llevó, sin embargo, a bloquear el país y a obligarle a repetir Elecciones seis meses después.

 

Prosiguió en 2018, tras dos años de bronca y parálisis, con una moción de censura con los mismos socios a los que ahora ha despreciado, aliados habituales en incontables ciudades y regiones. Y ha rematado ese cuatrienio negro con un adelanto electoral forzado, tras fingir que buscaba acuerdos con otras fuerzas políticas que, en realidad, ha saboteado de manera flagrante.

Sin principios

En todos esos casos, a Sánchez no le ha movido ni el interés general ni las necesidades de España. Siempre han pesado sus intereses particulares, sus expectativas de mejora y sus cálculos personales. Sin escrúpulo alguno a lograr el poder en Navarra gracias a Bildu o pactar unos Presupuestos Generales con Podemos o alcanzar La Moncloa con los votos de ERC o a intentar una investidura con Ciudadanos.

Sánchez lleva cuatro años bloqueando a España y pervirtiendo las instituciones para lograr sus objetivos. Y vuelve a hacerlo

El líder socialista ha hecho y dicho lo uno y lo contrario de manera endémica, en un ejercicio de desfachatez sostenida que, sorprendentemente, no le ha penalizado. Porque junto a la falta de principios, la otra característica esencial de sanchismo es la utilización perversa de las herramientas del Estado para maquillar su impudor y tapar sus contradicciones: así se explica, por ejemplo, el asalto por decreto y a dedo de RTVE, clave como altavoz de sus desvaríos.

Toda esa tensión debiera conducir al PSOE a una derrota histórica, ante la evidencia de que su líder malversa los procedimientos democráticos y falta el respeto a la inteligencia del ciudadano, pero sorprendentemente ha tenido hasta ahora el efecto contrario y, donde cabría esperar un castigo electoral, en realidad ha habido un premio.

¿Y el centroderecha?

La posibilidad de lograrlo de nuevo el 10N es de hecho la única explicación a esta repetición electoral, frente a la cual no cabe esperar grandes cambios. La combinación del hundimiento de Podemos con el fraccionamiento del centroderecha, conforma el paisaje imprescindible para que el único partido capaz de aglutinar buena parte del voto de un espectro ideológico mejore en las urnas.

Y así será si Podemos no encuentra un relato alternativo creíble y, sobre todo, si PP, Ciudadanos y Vox anteponen sus intereses sectoriales a la reformulación de sus propuestas y alianzas previas al paso por las urnas.

Si de verdad se juega tanto España como dicen, su altura de miras debe exceder de los cálculos gremiales que les llevó, hace nada, a entregar la victoria a un candidato con solo 123 diputados o a regalarle el Senado al PSOE. Sin esa colaboración de sus rivales, Sánchez no tendría el futuro que lleva años fabricándose.

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