La niña de las piernas de lata

En las historias de Maya y Julián se funden las circunstancias de una ayuda prestada. Esa solidaridad necesaria para que la vida en ocasiones siga adelante

Es curioso cuánto a veces se parecen las historias. No necesariamente salidas del mismo contexto, tampoco de la misma época, pero sí, como en tantas ocasiones, surgidas de parecidas realidades. Es lo que sucede con estas dos que muestro a continuación, la de un niño español y una niña siria

Existe un personaje en mi novela “Sueños de escayola”, personalmente uno de los más entrañables,
llamado Julián Ginés, a quién apodaban “El Córdobés”, del que me gustaría contar brevemente su infancia:
Julián nació sano en un pequeño pueblo de Córdoba. Su padre era temporero de la oliva y pasaba largas temporadas fuera; su madre, ama de casa. Era el sexto de nueve hermanos en aquella España hambrienta de tantas cosas aun a finales de los años 60.

Pocas semanas después de cumplir su primer año enfermó de polio. Sus padres lo llevaron de urgencia al hospital. Allí permaneció ingresado tres meses. Nunca llegó a caminar por sí solo, y no parecía que fuera a hacerlo jamás. El virus le había afectado ambas piernas, dejándolas sin vida, enroscadas sobre sí mismas como un ovillo de esparto.
Con cinco años, su padre le fabricó algo parecido a un carrito con un cajón de frutas a las que colocó cuatro ruedas, y que él movía por los terrenos embarrados y pedregosos de su pueblo rozando contra el suelo dos latas de conserva que agarraba con las manos.
Un día, el doctor don Álvaro López (cirujano y director entonces del Sanatorio de la Malvarrosa), durante una conferencia en Córdoba, supo de él y se interesó viendo sus escasas posibilidades. Tras consultarlo con sus padres, don Álvaro lo llevó a Valencia, convencido de lograr hacerle caminar. La estancia y el tratamiento: operaciones, rehabilitación, ropa y comida las costearon él y la fundación que representaba.

Cuando cumplió los nueve, cuatro años después de salir de su pueblo, sus padres pudieron ir a verle por primera vez y su sorpresa fue verlo andar por sí solo


Cuando cumplió los nueve, cuatro años después de salir de su pueblo, sus padres pudieron ir a verle por primera vez y su sorpresa fue verlo andar por sí solo, aunque con unos aparatosos hierros enfundados en sus piernas y apoyado en dos muletas. El Cordobés todavía permanecería dos años más ingresado en el Sanatorio de la Malvarrosa, alejado de su familia. Cuando con doce años regresó a casa, a tres de sus hermanos ni siquiera los conocía.

Maya Merhi es una niña siria de ocho años que nació sin piernas por un desorden congénito. Su padre también nació sin estas extremidades y ella es la única de seis hermanos que heredó la malformación. Junto a su madre viven en el campo de refugiados de Serjilla, después de huir de los combates de Alepo. Ellos son uno más de los once millones de desplazados que ha dejado la guerra de Siria.
Durante varios años, Maya, permaneció sentada en la tienda que hace las veces de vivienda sin poder salir, hasta que su padre decidió fabricarle unas prótesis con unos tubos de PVC y dos latas de atún. La niña pudo salir entonces del enclaustramiento, andar y acudir a la escuela junto al resto de chiquillos. De algún modo se hizo autónoma, a pesar del dolor y los pellizcos que le causaban sus piernas de plástico y hojalata.
Su historia comenzó a circular por el campo de refugiados, gracias a las ONG que operan en la zona, y al poco se hizo viral en las redes sociales. Ese empuje logró que Maya fuera llevada a una clínica en Turquía donde un especialista le diseño unas prótesis a su medida.

Ese empuje logró que Maya fuera llevada a una clínica en Turquía donde un especialista le diseño unas prótesis a su medida.


Ahora, Maya sigue en periodo de rehabilitación, acostumbrándose a sus nuevas piernas, camina de momento apoyada en muletas, pero todo parece indicar que le irán bien. Juega, va al colegio y posiblemente pueda tener una vida normal. Aun emigrada, huyendo de una guerra, alejada de la que de verdad es su casa.

Estas son las dos historias, similares más allá de esas latas de conserva, unidas en lo dramático de unas infancias difíciles, de un futuro incierto y probablemente cruel, pero también en lo conmovedor y en la esperanza que sus finales inspiran. Las separan el tiempo y el lugar, y sin duda las condiciones, pero las une el amparo que en un momento determinado ambos pudieron encontrar. Ese apoyo que cambió sus vidas para siempre.

El Cordobés halló la mano del buen doctor que no dudó en acogerlo, darle un remedio, aunque fuera tras un buen puñado de dolorosas operaciones, dejar para siempre el cajón de ruedas y caminar. También gracias a la labor de aquella fundación.

En esos tiempos de escuálida Seguridad Social fueron diversas fundaciones privadas quienes en mayor parte se ocuparon de los miles de niños aquejados de tuberculosis, talidomida o poliomielitis que se expandieron por toda la piel de toro con su manto de dolor, y que tanto sufrimiento dejó en una España en la que nunca parecía suceder nada. El Cordobés tuvo que dejar su casa y su familia, emigrar durante años a otra ciudad para tratar de conseguir una cierta recuperación.

Maya Merhi vive hoy exiliada en una parte remota de su propio país, empujada por una guerra que ni entiende ni parece tener fin; dejó sus piernas de lata gracias a que en su camino se cruzó una ONG.

Porque más que ninguna otra cosa, en ambos relatos se funden las circunstancias de una ayuda prestada. Esa solidaridad necesaria para que la vida en ocasiones siga adelante.
La labor que entonces hacían aquellas generosas fundaciones, ahora son en su mayoría las Organizaciones Humanitarias quienes tratan de llegar donde los gobiernos no pueden o no quieren hacerlo.
Todavía recuerdo cuando el debate en Europa era sobre que los países lograran alcanzar el 0,7% de sus presupuestos para donarlo en ayudas a las regiones más pobres. ¡Qué ilusos éramos! Hoy, básicamente ese porcentaje que soñaba ser solidario se emplea en pagar a los países fronterizos para que contengan a los millones de migrantes y refugiados que recorren este mundo, el mismo mundo que solo parece aceptar la globalidad que nos une en arropar el interés económico de los más poderosos.
Pero no existen barreras cuando lo que atenaza es el hambre y el miedo.

Por eso me duele la escasa empatía que existe en las sociedades hoy en día. Como poco a poco ha ido triunfando un idealismo integrista y nacionalista realmente inquietante, esos discursos inhumanos y retóricos, populistas y tramposos, con aroma a escalofrío de tiempos viejos con los que algunos líderes y gobernantes pretenden agitar las ideas, fanatizarlas, y de paso entorpecer y bloquear la labor humanitaria de estas organizaciones.

Me rompe el alma ver esas olas de migrantes y refugiados jugando a la muerte cada día buscando una vida

Me rompe el alma ver esas olas de migrantes y refugiados jugando a la muerte cada día buscando una vida, saltando vallas plagadas de punzantes concertinas, atravesando mares en pateras de papel o recorriendo desiertos que huelen a mafia y muerte, huyendo de guerras y penurias, buscando un futuro que en sus lugares de origen no les es posible encontrar.

Me indigna contemplar como barcos cargados de seres humanos rescatados vagan por el mar sin que ningún puerto se digne a abrirse, muy al contrario pavoneándose en la indecencia, mientras el Mediterráneo se sigue sembrando de cadáveres, como lágrimas resecas y olvidadas.
¡Que poco duró el duelo del niño Aylán!

Si de algo estoy convencido es de que al mundo no le urgen más Trumps, Salvinis, ni Santiagos Abascal con sus rancios discursos basados en el odio y la xenofobia, pero sí que está precisado de esa clase de personas que dan su trabajo y sus vidas por quienes de verdad requieren que les echen una mano. La humanidad necesita más gente comprometida y solidaria.

Y quizás es por eso que he pensado en las historias de Maya Merhi y de El Cordobés, y como nos cuentan que no podemos vivir solos, porque de algún modo siempre buscamos apoyo en los demás. Si hoy los rechazamos, ¿con qué cara lo reclamaremos mañana cuando seamos nosotros los que lo necesitemos? ¿Con que excusa olvidar que un día fuimos nosotros quienes lo pedimos?

*Autor de Sueños de escayola.

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