20 de enero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Vicepresidente Iglesias

El fundador de Podemos ha alcanzado un puesto con el que no soñaba, pero eso no cambia lo sustantivo: se siente más cerca de Otegi que de la Constitución y de Venezuela que de Occidente.

 

 

Pablo Iglesias ya es vicepresidente de España, un puesto que hace apenas dos meses le parecía vetado. Estaba más cerca de abandonar el partido que fundó, Podemos, que de acceder a un puesto de poder, influencia y presupuesto: algún mérito personal tiene, sin duda, haber sido capaz de alcanzar esa posición desde la nada, por muchas prevenciones que despierte el personaje y rechazo sus políticas.

Que vaya a estar intervenido, cuando no frenado, por el ramillete de vicepresidentes que Sánchez ha designado, no le restará capacidad de maniobra, en un choque de "resistentes" con el presidente socialista que promete grandes tensiones, pero no inmediatas: el poder une mucho, y su conservación disipa enfrentamientos que, hasta lograrlo, eran cotidianos.

Nada de lo hecho y dicho hasta ahora por el líder de Podemos resulta precisamente tranquilizador, pues en los tres grandes ámbitos de la actuación públicas sus mensajes y propuestas han oscilado entre lo insostenible y lo intolerable: desde luego en el ámbito económico, pero también en el territorial y en el de convivencia social.

España tiene un vicepresidente que se siente más cómodo con Otegi que con Casado o Arrimadas

Porque España tiene ahora un vicepresidente que defiende el derecho a decidir de Cataluña, considera al empresariado un enemigo digno de derribarse y quiere encerrar tras un cordón sanitario a más de la mitad de los españoles, tildados sin recato de ultraderechistas y herederos de la dictadura franquista.

Tensiones a medio plazo

Sin necesidad de recurrir a sus tenebrosos referentes internacionales, ubicados en la URSS, en Venezuela, en Irán o en Cuba; el currículo ideológico de Iglesias es escalofriante. Y poco representativo de la mayoría de españoles, aunque las combinaciones aritméticas en el Parlamento le han conferido una ascendencia que con más votos no obtuvo en el pasado.

Que una persona que se siente más cómoda con Otegi que con Casado o Arrimadas vaya a cogobernar todos los intereses de España no puede dejar tranquilo a nadie. Ni siquiera a su socio Sánchez, el primero en alertar sobre ese peligro hasta que necesitó su respaldo para lograr la investidura. El duelo entre dos personajes capaces de sacrificar o utilizar cualquier medio para alcanzar sus fines no presagia nada bueno. Pero tampoco para ellos. Al tiempo.

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