29 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La "vidorra" de Pablo Iglesias es una burla a todo lo que le aupó en España

El líder de Podemos construyó su carrera persiguiendo todo lo que ahora hace y criminalizando ante los ciudadanos los privilegios que ahora se procura para sí mismo.

 

 

 

Pablo Iglesias edificó toda su carrera sobre la premisa de estigmatizar la práctica totalidad de los comportamientos que, una vez conquistado el poder orgánico o institucional, marcan su trayectoria. Para él, vivir en un chalet, utilizar un coche con chófer, tener un sueldo elevado o prolongar la vida política no solo eran incompatibles con el proyecto de Podemos, sino también  sintomáticos de la "casta política" que saqueaba a España.

No solo rechazaba para sí mismo todo eso; sino que satanizaba a sus rivales con crueldad por hacerlo. Y con ese lenguaje bélico se hizo hueco: no fue un asunto menor, pues; sino el epicentro de una propuesta política sustentada en la demagogia y en provocar en la gente la ira de quien siente que sus males derivan de los privilegios de unos pocos.

Lo que que realmente ha ocurrido es que Iglesias se ha enriquecido gracias a la política  y que, desde esa nueva posición de confort económico, se ha construido una vida personal opuesta a su propio discurso: vive en una gran mansión en la exclusiva Sierra de Madrid; goza de una retribución propia de directivo de multinacional; mejora los ingresos familiares con la promoción de su propia pareja; utiliza coche oficial y, en fin, vive como un vicepresidente.

 

 

Si hay alguien que no tiene derecho a esperar indulgencia por comportarse ahora con la normalidad inherente a su cargo público, es él: no se puede estigmatizar a toda la clase política, con un populismo agresivo barato, y pedir comprensión una vez se forma parte de ella.

 

Iglesias, en fin, no tenía derecho a hacer lo que sin embargo ha hecho, y mucho menos a eternizarlo como pretende ahora. Porque modificar los estatutos o el Código Ético de Podemos a sus nuevas circunstancias, derribando la limitación de mandatos y la obligación de cobrar un máximo de tres veces el SMI, no arregla su desaguisado ni camufla su cinismo.

La profesionalización de la militancia, que en adelante deberá afiliarse y pagar como en el resto de las formaciones, cierra el círculo de Podemos y demuestra el carácter instrumental y egoísta de todo el discurso previo de su fundador: ya no le interesa que la "gente" participe sin filtros ni que la política no sea una ocupación temporal. Y si eso le define a él, también lo hará a quienes le sigan creyendo a estas alturas.

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