24 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El feminismo de Carmen Calvo, una excusa para el más burdo sectarismo

En España la igualdad es un valor que no depende de ninguna ideología y se acepta y proclama por todos. Carmen Calvo manipula estas nobles causas con vergonzosa demagogia.

 

 

No hay nada más contraproducente para la igualdad, un valor esencial de una democracia sana, que arrogarse el patrimonio de las causas que la miden y sentirse representante único de los grupos que más necesidad tienen de ella: lejos de atenderlas, con esa actitud se aprovechan de ellas para dividir a la sociedad en espacios ideológicos enfrentados que, en realidad, no existen.

Sánchez es un especialista en ello, de una manera más sutil que Podemos, verdadero artífice de un populismo desatado que bebió de la demagogia previa de Zapatero para, al calor de la crisis, aumentarla exponencialmente: la pobreza, la condición sexual o el género se han convertido en banderas excluyentes, en coartadas para una movilización y un frentismo que no refleja el sentir casi unánime de la sociedad.

Porque nadie, salvo excepciones lamentables, discute que hombres y mujeres deben tener las mismas oportunidades; que los homosexuales han de disponer de los mismos derechos o que los desfavorecidos necesitan de un respaldo especial desde el ámbito público. Solo se discute, todo lo más, cómo lograr esos objetivos, indiscutidos e indiscutibles de forma abrumadoramente mayoritaria.

La demagogia

Oyendo a la vicepresidenta, como a otros de su cuerda ideológica, se diría sin embargo que en España se persigue a las mujeres, se arrincona a los gais o se desprecia a los desfavorecidos. Un discurso injusto, ramplón y falso que se esgrime, en exclusiva, para ejercer un paternalismo antediluviano sobre todos esos sectores al objeto único de lograr su apoyo electoral.

En España ni se persigue a la mujer ni se denigra a los gais ni se desprecia a los desfavorecidos. Es repugnante sostener eso

Carmen Calvo ha llegado a hablar de utilizar el BOE para legalizar su particular visión de una "Revolución", le ha adjudicado a su partido en exclusiva la defensa de la mujer y, además, ha convertido al resto de opciones políticas en un enemigo a batir para evitar inexistentes retrocesos.

Es tan burda la manipulación como fácil de desenmascarar con datos oficiales en la mano, el mejor antídoto contra las soflamas de saldo que, sin embargo, ocupan el espacio público y prosperan irresponsable en la televisión hasta conseguir que se den por buenos.

España es uno de los mejores países del mundo para ser mujer, según todos los baremos, y tan cierto es esto como que queda mucho camino por recorrer en un país donde, más allá del sexo, los problemas laborales, de integración y de progreso son extensivos al conjunto de la población. Lo mismo cabe decir del colectivo LGTBI, beneficiario de algunas de las leyes más vanguardistas de Europa. O de las capas más desfavorecidas, asistidas por un Estado de Bienestar puntero que dedica más recursos que nunca a su atención.

 

Que haya mucho por mejorar es tan cierto como que esa tara es extensiva a todos los ciudadanos y no se explica por factores sexuales, sino por otros más profundos que probablemente tengan que ver con el modelo productivo de España, muy cimentado en los servicios, ajeno cada vez más a la industria, sustentado en empresas pequeñas y con dificultades para operar en la vanguardia tecnológica y la investigación.

Escuchar esa atolondrada demagogia quizá le sirva a Calvo y al PSOE para consolidar sus espacios electorales, pero es lamentable que lo haga a costa de desatender los problemas reales y de obviar que la responsabilidad de un Gobierno no es cavar trincheras, sino construir puentes y dar respuestas medibles a problemas existentes. Algo mucho más difícil de atender de boquilla.

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