La ciudad no es para mi. Optimismo

"Hemos celebrado una vez más a Nadal y admirado, una vez más, a Gasol por sus proezas deportivas. Cuando la bandera de España ondea y abriga sin complejos y suena el Himno con orgullo"

Entre los más lúcidos (que son muchos) de mis amigos lectores (que ya esmérito, por generoso, reunir ambas condiciones) se ha extendido una sensación de tristeza, que contrasta con su vitalidad extrema y su energía, y que alimento sin desearlo cuando me pongo en plan sensato y agorero.

Con esa firme convicción he ataviado mi equipaje dispuesto a ver las cosas de otra forma. Con esa simpatía ingenua con la que se ha oído sonar en la Diada el Himno Nacional de forma impropia por simultánea. No por sonar.

Porque la simpatía se mueve con leyes distintas y es célebre la autonomía del sistema que de ella toma nombre. La del control de reacciones y reflejos viscerales.

Esas vísceras siempre atentas a sensaciones y gestos, de respuesta emocional y espontánea. O esas otras, de ave, en el origen de odiseas y tragedias.

He observado la normalidad del inicio del curso docente, promesa de mejor futuro, más próxima o alejada según se trate del universitario o del infantil. Y la dinámica que conlleva de gastos, desplazamientos y rutinas deportivas. Su influencia en la ciudad, hasta en el color de la misma. Se mantienen todavía grupos de visitantes extranjeros, algunos familiares, y empiezan a llegar los más madrugadores en autobuses escolares de países vecinos.

Me pregunto si nuestros propios estudiantes, de colegio, instituto o centro universitario, visitan el resto de España. Otras autonomías y ciudades, otros paisajes y costumbres. Y si reconocen sus costas, sus picos y sus ríos. Los que estudiaron en los libros de texto. Si oyen hablar en otras lenguas nacionales y escuchan otros sones. Si prueban una gastronomía distinta y aprecian otras costumbres. No sería tan difícil, ni tan descabellado ni tan caro.

Apenas empezado han llegado esas tormentas, esas aguas y esos vientos que han puesto en jaque media España y se han llevado algunas almas. Murcia lo ha sufrido con excesos. Y los españoles han reaccionado con nobleza. No he medido tiempos de noticieros, tamaño de titulares, ni extensión de informaciones, pero me ha parecido ver reducidos los de temática puramente política. Pese al delicado momento.

Volverá el debate sobre la limpieza de cauces y pantanos, sobre desertificación y reforestación, sobre el empleo racional del agua, los trasvases y los planes hídricos.

Hay una noticia sobre hipotecas y devoluciones de algunas cantidades antiguas que ha sembrado esperanzas en comunes y desasosiego entre entidades bancarias. Y unos movimientos, complejos como siempre, del Banco Europeo, que ocupan a aficionados y expertos y miramos de reojo los corrientes.

Hemos celebrado una vez más a Nadal y admirado, una vez más, a Gasol por sus proezas deportivas. Cuando la bandera de España ondea y abriga sin complejos y suena el Himno con orgullo.

Volverá el debate sobre la limpieza de cauces y pantanos, sobre desertificación y reforestación, sobre el empleo racional del agua, los trasvases y los planes hídricos. La realidad, esa de la que formamos parte mientras la construimos y disfrutamos, no tiene espera.

Ningún litigio estéril, por importante que parezca a sus protagonistas, cambiará sus exigencias y reclamaciones. Pueden tratarse con mimo y cierta delicadeza y a la faena nos vamos a poner nosotros.

He decidido volver al optimismo. Como un niño.

 

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