Torturar en tiempos de pandemia

La tauromaquia se lleva por delante todos los años la vida de miles de toros, vacas y becerros. No sólo mueren los que lo hacen a vista del público en las plazas.

Esta pandemia con la que convivimos desde hace unos meses y que nos ha obligado a detenernos de golpe, nos ha hecho vivir situaciones muy diversas. La mayoría, terribles e irreversibles. No es necesario que las mencione. Por desgracia, de una forma u otra, con mayor o menor cercanía, todas las personas nos hemos visto afectadas.

No obstante, quienes llevamos años luchando por la abolición de una práctica tan anacrónica como abominable, la tauromaquia, hemos asistido a un hecho tan insólito como deseado. Hemos visto cómo se iban suspendiendo los actos taurinos que, tal como sus propios nombres indican, no hacen otra cosa que parasitar nuestras fiestas. En primer lugar la “feria de fallas”, seguida de la “feria de abril”, la “feria de San Isidro”,...y así, uno tras otro, todos los actos de maltrato animal institucionalizado, se han ido anulando a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Y no sólo se han anulado aquellos actos en que se presencia la tortura y muerte del animal. Aquellos que secuestran las calles y plazas de nuestros pueblos y que igualmente están cargados de sufrimiento para sus involuntarios protagonistas, aunque su muerte la mayoría de veces sea a puerta cerrada, también están, de momento, suspendidos.

Este hecho ha provocado que quienes viven a costa del dolor, la humillación y el sufrimiento de los animales no tardasen en gritar a los cuatro vientos que debido a la suspensión de estos actos, miles de toros iban a tener que ser enviados al matadero y que era necesario destinar ayudas públicas al sector taurino para rescatar a quienes viven de esta barbarie, además de otras muchas sandeces a las que no voy a dedicar ni una sola palabra.

Al hilo de estas cuestiones, me gustaría dejar bien claro que, en primer lugar, y para quien no lo sepa, la tauromaquia se lleva por delante todos los años la vida de miles de toros, vacas y becerros. No sólo mueren los que lo hacen a vista del público en las plazas. También son ejecutados, entre otros, los que van al matadero por ser considerados “desechos” o “defectuosos” (¡cuánto cariño destilan esos nombres!) y los que son perseguidos y hostigados como toros cerriles y otros actos de calle.

En segundo lugar, esto demuestra que la tauromaquia es solo un negocio. Nada del respeto y el amor a los animales con que tanto se les llena la boca a algunos. Si ya lo dejan claro cuando con la excusa del amor torturan a un animal hasta su agónica muerte (¿no te resulta familiar este argumento?), nos lo confirman cuando al no poder hacerlo, lo envían igualmente a la muerte porque cuidarle no aporta un beneficio económico.

Por otra parte, recordar que cada año, quienes viven a costa de la tortura taurina, reciben millones de euros de las arcas públicas.

¿Cuántos? Imposible saberlo con certeza debido a la opacidad de nuestras administraciones, que aunque se recrean empleando el término transparencia, lo único que hacen al utilizarlo es pervertirlo. Y si no, te invito a ti, que estás leyendo este texto a, por ejemplo, conocer el presupuesto total que las administraciones valencianas (Generalitat, diputaciones y ayuntamientos) destinan a la tauromaquia.

Y no hay que olvidar que al dinero que de forma directa e indirecta reciben de nuestras administraciones hay que sumar las ayudas que reciben de Europa a través de la PAC (Política Agrícola Común).

Hasta algunos de ellos reconocen que si no fuese por las subvenciones, la tauromaquia ya no existiría.

Porque lo que es evidente es que es una actividad que no encaja en la sociedad actual.

Por suerte, nuestro país ha evolucionado (y lo sigue haciendo), respecto a la consideración que para la ciudadanía tienen los animales. Y en esta evolución, la tortura cada vez tiene menos cabida.

El descenso en apoyos queda reflejado en la Encuesta de hábitos y prácticas culturales que cada año realiza el Ministerio de Cultura, que en su último informe indica que sólo el 8% de la población fue a un acto taurino en 2019, confirmando la tendencia descendente de los últimos años.

Pese a ello, pese a ser una práctica tremendamente cruel con los animales, que se lleva por delante todos los años también la vida de personas y se embolsa parte de nuestros impuestos, en estos momentos tan críticos para el conjunto de la sociedad, en que tanta falta hace la ayuda de las administraciones, quienes tienen la responsabilidad de administrar nuestros ajustados recursos, vuelven a apoyar a este arcaico sector, ya no solo irrelevante, sino innecesario para nuestra sociedad.

Son muchas las administraciones que se han pronunciado a favor de inyectar dinero público a la violencia de la tauromaquia, como el Gobierno de Castilla la Mancha, la Diputación de Valencia o el propio Ministerio de Cultura, por poner algunos ejemplos.

Un dinero que en un momento de crisis económica sin precedentes, en que las llamadas “colas del hambre”   recorren muchas calles de nuestras ciudades, incontables empresas han tenido y tendrán que bajar la persiana y miles de sanitarios interinos, que han puesto su vida en juego por salvar la nuestra, están siendo despedidos, será destinado a que unos pocos perpetúen su sanguinario y anacrónico modelo de negocio.

Sinceramente, quienes por acción o por omisión consienten y sostienen esto, no tienen vergüenza.

 *Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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