01 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

No es memoria democrática: es frentismo y demolición de la España del 78

Pedro Sánchez

Pedro Sánchez

Con un país hundido por el coronavirus y la ruina, el Gobierno pone el acento en resucitar el guerracivilismo y en enterrar la reconciliación que sellaron los protagonistas de la Guerra.

 

El Gobierno aprobó este martes el anteproyecto de su nueva Ley de “Memoria democrática”, una herramienta ideológica destinada a enterrar uno de los grandes hitos de la sociedad española reciente: la reconciliación.

Que la impulsaron quienes de verdad sufrieron la Guerra Civil. Y ahora vienen sus nietos a decirles a sus abuelos que lo hicieron mal, despreciando el esfuerzo que hicieron, generoso y conmovedor, para que vivamos en paz y en democracia.

La nueva ley pretende implantar en las escuelas una nueva asignatura de “formación del espíritu”, como se llamaba en tiempos de Franco, para que todos los niños de España se críen en el rencor, con el ejemplo de Cataluña para evidenciar los estragos que genera transformar la educación en una herramienta ideológica.

Porque si se tratara solo de restituir a las víctimas, nadie lo discutirá: ni las de la Guerra, ni las de Franco, ni las del Frente Popular, ni las de ETA, ni las del COVID. Los muertos ya no tienen bando, y devolverles su dignidad es una obligación moral en la que cabemos todos.

 

 

Pero no es ése el objetivo. Ésa es la excusa. Se trata, sin más, de desenterrar el lenguaje guerracivilista para imponer en la sociedad un sentimiento de revancha que facilite la movilización a través del enfrentamiento. Se trata de recuperar una España de bandos y de procurar que el propio sea más grande, aunque sea a costa de olvidar y maltratar al otro.

Y se trata, sobre todo, de desmontar la España del 78 para facilitar una hoja de ruta que incluye la degradación de la Corona y la fragmentación territorial del país, dos objetivos que por distintas razones mueven a los distintos partidos que sustentan al Gobierno y permitieron la investidura, por dos veces, de Pedro Sánchez.

 

La Transición ya fue el antídoto, el calmante y la costura de unos traumas profundos que España cerró de la única manera viable: desde el perdón recíproco y la apuesta por construir un espacio de convivencia para todos.

Y ahora viene Sánchez, el mismo que no reconoce a 22.000 muertos del coronavirus de ahora, a utilizar los muertos de entonces para enterrar la concordia y borrar la memoria democrática reciente, la última barrera de un plan de redefinición nacional sustentado en la revancha, la ruptura y el frentismo. Lamentable siempre. Pero especialmente en un momento en el que a la abrumadoría mayoría solo le preocupa sobrevivir a la epidemia y a la ruina que ha provocado.

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