Devuelve, Carolina

“Devuelve el acta, Carolina”, es lo que le han dicho desde Ciudadanos, pero ella como quien oye llover. Un escaño en el que descabezará más de un sueño, como el que se encuentra con Puig

Si se tiene la paciencia, necesaria por demás, para leer en toda su amplitud la larga carta en la que la eurodiputada Carolina Punset anuncia que se va de Ciudadanos, se llegará a la conclusión de que, en efecto, es más extensa que cualquiera otra de las que los despechados escriben para mandar al carajo al partido en el que militaban.
Tantos agravios proporcionados por los suyos, como dice que llevaba almacenados en su corazón socialdemócrata, por fuerza tenía que desgranarlos, uno a uno, como un largo redoble de tambor con el que anunciar y justificar su espantada. Ya lo ha hecho. Y ha debido quedarse de lo más descansada.

Los expertos que conozcan claves, directrices, ideas, normas y actitudes del partido Ciudadanos coincidirán en que seguramente la señora Punset tendrá sus razones para darse de baja del partido que ayudó a nacer y crecer. Y la dirección de Ciudadanos exactamente las mismas en sentido contrario a las de doña Carolina para abrirle expediente previo a su expulsión.

Y la expulsan, esa es la verdad, porque la señora Punset se fue, el mismo día en que los valencianos celebramos nuestra fiesta autonómica, a ver a Carles Puigdemont en su residencia de Waterloo, que ya son ganas de perder el Día de la Comunidad Valenciana, reuniéndose con un auténtico majadero, caudillo de la república interruptus, y adalid del pancatalanismo, ese mismo que la señora Punset ahora parece consentir.
También pensarán, desde su ya pronto ex partido, que Carolina fue siempre culo de mal asiento. Al menos, de puertas afuera, siempre dio esa impresión, de estar en el lugar equivocado. ¿Cómo no recordar la anécdota que ella misma protagonizó el día del relevo en la presidencia de la Generalitat Valenciana?

Aguardaba el equipo del presidente Alberto Fabra en el patio gótico del Palau que es sede del Consell, para acompañar al presidente en el que iba a ser su último acto oficial, cuando se vio aparece por la puerta del Palau que da a la calle Caballeros a Carolina Punset, diputada de las Cortes Valencianas. Creía la muy despistada que aquella era la sede de las Cortes, despiste del que fue advertida e informada de adónde debía dirigir sus pasos.
En las Cortes Valencianas, a las que finalmente llegó aquel día tras ser informada de la verdadera localización de la cámara, Carolina Punset nunca se sintió a gusto ni cómoda, ni siquiera con su propio grupo, del que salió, eso sí, sin abandonar el partido Ciudadanos, que terminó poniéndole un escaño en Estrasburgo, que no es mal sitio para ir a rumiar discrepancias. Convertida en eurodiputada, no parece que esta responsabilidad haya llenado de gozo político y satisfacción ciudadana sus inquietudes, razones por las que ahora dice que se va.
Me pregunto cómo una cualificada perito calígrafo judicial, como la señora Punset dice ser en su currículo, no fue capaz de detectar los rasgos de la que ahora considera contradictoria personalidad política de su líder, Albert Rivera, cuando vio a éste estampar su firma en la hoja en la que ella solicitaba formar parte de Ciudadanos.

Un buen peritaje habría detectado al momento que la puntiaguda “A”, trazada por Albert, demostraba su tendencia al caudillismo; o que la retorcida “R”, evidenciaba que de socialdemócrata no tenía nada y que en realidad era el hacendado del PP, la marca blanca del partido que ahora lidera Pablo Casado. Todo eso una buena calígrafa judicial lo detecta en un plis plas. Pues no parece que ese fuese su caso.
El derecho al portazo lo ha ejercido la señora Punset en el momento en que más ha convenido a sus intereses. Nadie debería negárselo, siempre que lo ejercite con las contraprestaciones que deben ser inherentes al mismo. Y la más principal obligación es la de devolver el acta al partido que te avaló e hizo posible que te sentases en las Cortes Valencianas primero y después en el Parlamento Europeo. En eso, en largarse con el escaño bajo el brazo, Carolina hace lo mismo que otros compañeros que se piraron del grupo Ciudadanos en las Cortes Valencianas, como el que fuera portavoz, Alexis Mari y los diputados David de Miguel, Domingo Rojo y Alberto García, que se pasaron al grupo mixto, alegando que ellos no habían cambiado, que era el partido el que lo había hecho.

O sea, lo mismo que ha puesto como excusa Carolina, al insistir que ella fichó por un partido socialdemócrata que ahora se ha vuelto ultraliberal. Pues es posible que algo de razón tenga. Pero, más tendría, si su dimisión fuese completa, porque quedarse con el escaño no es de recibo.

Nadie en Ciudadanos le dirá “vuelve Carolina” que es, también y con anterioridad, el nombre comercial de un restaurante que el sin par y gran Quique Dacosta tiene en Valencia. “Devuelve el acta, Carolina”, es lo que le han dicho desde Ciudadanos, pero ella como quien oye llover. Un escaño en el que descabezará más de un sueño, como ése en el que se encuentra con Ximo Puig que la invita a figurar junto con su Alexis Marí en las listas del PSPV-PSOE.

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