¿El fin de la dictadura bolivariana?

La autocrítica nunca formó parte de la ideología chavista. El fracaso de sus políticas económicas, siempre era culpa de un enemigo externo; la violencia, también un complot de la derecha

La caída del muro de Berlín fue inesperada. Centenares de kremlinólogos vaticinaban décadas de enfrentamiento indirecto junto con periodos de relativa distensión. Nadie supo ver la debilidad de unos regímenes comunistas surgidos al amparo de la todopoderosa URSS, que resultó ser al final un gigante con pies de barro; un tronco de apariencia saludable completamente podrido por dentro y con raíces muy superficiales. La historia puede estar repitiéndose con el chavismo.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder por primera vez en febrero de 1999, pocos podían imaginar la dictadura que se les venía encima. Latinoamérica está relativamente acostumbrada a encumbrar a líderes mesiánicos y populistas, pero pocas veces han llegado éstos a hundir un país del modo que la doctrina oficial bolivariana hizo.

En poco tiempo, la delicada y débil separación de poderes existente desapareció; la oposición fue perseguida y reprimida; la iniciativa privada, vilipendiada y restringida; la política económica interna y externa se basó en regar una vasta red clientelar con los ingresos del petroleo. Aún así, y pese a asegurar que habían mejorado el nivel de vida de sus ciudadanos, quienes vivían, a sus ojos, en un paraíso terrenal, la penuria económica alcanzó a una porción cada vez mayor de la población y los niveles de violencia superaron al de muchos países en guerra

La autocrítica nunca formó parte de la ideología chavista. El fracaso de sus políticas económicas (más bien de la falta de ellas), siempre era culpa de un enemigo externo o de la avaricia de la derecha; la violencia, también un complot de la derecha.

Perder, finalmente y de modo claro, en unas elecciones que seguían la tramposa normativa electoral ad hoc creada por ellos, tampoco supuso un problema: se sacó de la manga, quizá inspirado por el pajarito mediante el que le hablaba Chávez desde el más allá, una nueva asamblea constituyente para evitar reconocer la derrota.

Hiciera lo que hiciese, a pesar de las fisuras abiertas en el chavismo y su evidente desgaste, parecía que nada podía cambiar el panorama político venezolano a corto plazo: hasta que llegó Guaidó y se proclamó como presidente interino.

Este joven político, pero curtido en mil batallas, logró lo que no se había conseguido en años. Volvió a unir a una oposición dividida y fragmentada, así como atraer a una parte importante de la disidencia del chavismo. Con un estilo calmado, muy alejado de los exabruptos y el estilo tosco y grosero de Maduro, se ha convertido en el aglutinador que Venezuela necesitaba.

Virtualmente todos los gobiernos del continente americano, con la excepción de México, que se excusa en la doctrina Estrada, y Cuba, se han apresurado a reconocer a Guaidó como presidente legítimo. La Unión Europea, con evidentes disensiones en su seno, se muestra de momento cautelosa y ha emitido un texto en que apuesta por una transición pactada, más que un reconocimiento expreso y abierto de Guaidó.

Pero que nadie se llame a engaño, sea como una transición pactada o como apoyo abierto, los gobiernos de la Unión ven con buenos ojos el fin del chavismo. Maduro recibe por contra apoyo de países como China, Rusia y Turquía.

La cúpula militar venezolana ha expresado su apoyo al chavismo, pero no parece tan claro que dominen la situación. Su actitud es normal, teniendo en cuenta que muchos han sido acusados de corrupción y violación de los derechos humanos por parte de gobiernos extranjeros, no les queda más opción que atrincherarse y resistir, pues la caída del chavismo significará su fin. Como prueba de debilidad, en contra de su costumbre habitual, la fiscalía venezolana no ha ordenado hasta la fecha detenciones de líderes opositores.

Además, en diversas localidades venezolanas, la Guardia Nacional ya se ha negado a actuar contra los manifestantes. El reconocimiento internacional de Guaidó puede estar logrando que muchos mandos intermedios no salpicados por los problemas de la cúpula se planteen a quién deben lealtad.

Igual que con el muro de Berlín, ¿estaremos ante el fin de la dictadura bolivariana?

*Abogado y politólogo.

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