La caída de Carmen Montón vista por su biógrafo

De todo lo que he visto y oído acerca de la caída de Carmen Montón voy a resaltar dos cosas, y no son las que ustedes creen.

A Carmen Montón le acompaña una cierta imagen de Caperucita moderna acechada por lobos que ha cultivado incluso en el momento de la dimisión. Una dimisión que no se produjo por no ir a clase, ni por la modificación de notas en su expediente, sino por copiar. Nada menos que el 58% de su TFM, según ha publicado El Mundo.

Ximo Puig, certero autor del concepto de “hipoteca reputacional” en referencia a la levantada por el PP por sus escándalos de corrupción en la Comunidad Valenciana, despidió a la exministra ponderando su “dignidad”. Dignidad de una persona que ha plagiado (¿ya no se acuerda el PSOE de su lucha en favor de la propiedad intelectual?) y que a pesar de ello se declara “con la conciencia tranquila”. Pues hay quien compra esa mercancía averiada y publica que con tan sólo cien días de mandato Montón ha sido una “súper ministra” (sic) y una “ministra de primer nivel”. ¿Más que Carmen Calvo?, ¿a la par que Margarita Robles? Qué gran cosa es la amistad.

En Estados Unidos Carmen Montón estaría ya desechada políticamente para los restos. Aquí no, y ésta es la primera cosa que quiero destacar. Mucho menos ella, que es una superviviente nata. Hay quien la veía (dos que yo sepa) de presidenta de la Generalitat en un futuro no muy lejano. No descarten que la suerte le sea favorable y acabe intentándolo. Pero ¿se lo imaginan?, ¿se imaginan que llegara a ser la candidata de su partido?, ¿el programa electoral sería original? Hoy por hoy, vista la frialdad con la que los suyos le empujaron a irse y con la que le han despedido, parece imposible que pueda optar a ello en mucho tiempo. Pero también lo era que Sánchez llegara a presidente.

¿Puede un elector confiar en un político que hace trampas y además le pillan? No sé cuál de las dos cosas resultaría más imperdonable en España, probablemente la segunda.

Elevándonos por encima de estas coyunturas, pero precisamente por ellas, la pregunta ahora es: ¿Puede un elector confiar en un político que hace trampas y además le pillan? No sé cuál de las dos cosas resultaría más imperdonable en España, probablemente la segunda. Y eso nos lleva a la otra cosa que quiero destacar de esta dimisión: el ejemplo de Carmen Montón, por nimio que parezca lo del máster, erosiona la confianza de los españoles en nuestros gestores y fomenta la desafección hacia instituciones básicas (el Gobierno y los partidos lo son), lo que en estos tiempos que corren es abono para la semilla del populismo. Eso es lo grave. Más que una determinada acción de gobierno.

Pero, ya que estamos: ¿ha sido Montón una buena gestora? Si por tal se entiende ser consecuente hasta el final con sus ideas, en la parte en la que quiso ser consecuente con sus ideas, sí. Se empeñó en rescatar concesiones y lo hizo. No importaba si a los valencianos (y las valencianas) nos iba a salir más caro, aunque así lo reflejara en su informe el síndic de comptes (propuesto por Compromís). Tampoco que la denostada colaboración público-privada continuara en otros ámbitos sanitarios valencianos. De hecho, Ximo Puig se ha visto obligado ahora a volver a recurrir a ella para desatascar las crecientes listas de espera quirúrgicas.

Lo importante era la ideología, el dogma, y muy poco las consecuencias. Mucho menos el diálogo. Porque si lícito es que un partido (o tres) quiera revertir concesiones hospitalarias en cumplimiento de su programa electoral -por raro que parezca este hecho desde Tierno hasta una actualidad continuamente plagiada por nuestros dirigentes- , lo que no es de buena política es no escuchar a los afectados. Y menos aún en un partido al que no se le cae de la boca la palabra “diálogo”.

Yo no me alegro de la caída de Carmen Montón por mucho que desatendiera al interés común de la mayoría, que no es el de gastar como si no hubiera un mañana. Los ciudadanos, siempre que pueden, quieren pagar lo menos posible por un servicio con la máxima calidad. Y eso ella no lo consideró. Creo que la dimisión forzada de Montón es una mala noticia para los valencianos (y las valencianas), porque “no todos somos iguales” (ni todas). Como dijo el otro día en la tele José Luis Torró, a quien le agradezco la cita, si Pedro Sánchez se hubiera leído “Carmen Montón, sin concesiones” (Editorial Crónica Global) igual se hubiera evitado ese disgusto que decía que tenía. Pero bueno, es sólo una hipótesis, no una tesis.

 

 

 

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