15 de julio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Puigdemont secuestra al independentismo y alarga un pulso que jamás podrá ganar

Mientras ERC confiesa el fin de la unilateralidad, Puigdemont mantiene una ficción suicida que retrasa, una vez más, el comienzo de un largo y duro camino para restituir la paz en Cataluña.

 

 

Puigdemont nunca va a volver a ser presidente de la Generalitat: su futuro, como él mismo reconoce cuando deja de actuar para su público, está en prisión o en fuga. Pese a esa certeza, o quizá por ella, mantiene la ficción de que será investido de manera inminente, forzando por enésima vez a las instituciones catalanas a saltarse la ley real para fabular con una artificial que le permita lograr su objetivo.

Que todo ello lo haga con la complicidad del Parlamento catalán mientras los mismos que lo secundan insisten, incluso desde la cárcel como Junqueras, en la necesidad de conformar ya un Gobierno viable; atestigua hasta qué punto el fanatismo independentista de Puigdemont ha logrado secuestrar la voluntad política e institucional de quienes, compartiendo ese deplorable objetivo, saben perfectamente ya que es inviable y que rechazar esa certeza tienen una respuesta judicial y política de enorme calado.

Puigdemont sabe que está acabado y que le espera cárcel o fuga. Su ficción no tiene recorrido

Puigdemont intenta pasar por el único separatista auténtico, convirtiendo al resto en meras copias que en la práctica asumen el autonomismo, por si acaso hay nuevas elecciones: si el expresident ya había evidenciado lo poco que le importan las leyes y la sociedad catalana, a la que desprecia profundamente si no le respalda; ahora se trata de anular también al bloque soberanista para representarlo en primera persona.

El papel de Torrent

Sorprende que ERC, en cuyos documentos políticos ya se reconoce y asume la imposibilidad de la vía unilateral, acepte y mantenga el juego a través de Roger Torrent, la mano ejecutora de la presidencia parlamentaria de todos los artificios de Puigdemont: en lugar de buscar una salida legal que restituya el Estatut y permita conformar Govern; el político se presta irresponsablemente a sostener la estrategia de su rival electoral, a sabiendas de que no servirá de nada.

 

 

Lo único bueno de este sainete es que toca a su fin, al menos en términos institucionales: como la investidura de Puigdemont es imposible, sólo queda designar a otro candidato sin problemas judiciales o, en su defecto, convocar unas nuevas elecciones, una mala solución ante una agotada y perpleja sociedad catalana.

Si ERC se deja arrastrar aún más por Puigdemont, sólo servirá para agrandar sus propios daños

La primera opción sería más deseable. El largo camino que queda por delante antes de empezar a cicatrizar las profundas heridas e indignidades cometidas en el procés comienza por normalizar la vida institucional en Cataluña, dotándola de un Gobierno mínimamente responsable y consciente de sus obligaciones más elementales.

Si esto no ocurre y al final ERC se deja arrastrar aún más al pozo sin fondo de Puigdemont, los nuevos comicios sólo servirán para prolongar la excepcionalidad del 155 y, tal vez, aumentar el liderazgo inútil del expresidente.

La toxicidad

Y en todos los casos, quedará pendiente un largo camino judicial para los protagonistas del golpe democrático y otro de restitución del derecho y la convivencia en Cataluña, una región no hace tanto modélica que ahora se ahoga en el enfrentamiento, la fuga de empresas, la ruptura familiar y el nacionalismo más tóxico de toda Europa.

 

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