29 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Secuelas emocionales del confinamiento

El confinamiento ha salvado muchas vidas, pero también ha tenido, tiene y tendrá sus consecuencias

Todos los estudios realizados por distintas instituciones han demostrado que el confinamiento ha contribuido a salvar más de 3 millones de vidas en Europa y casi medio millón en España, según el informe del Imperial College London. Es evidente que el hecho de haber estado confinados en casa la mayor parte de la población, ha disminuido la posibilidad de contagio, fundamentalmente por que el Coronavirus entra en nuestro organismo a través del aparato respiratorio. El hecho de toser, reír, estornudar, hablar y sobre todo si elevamos la voz, hace que salgan por la boca y la nariz unas pequeñas partículas, conocidas como gotitas de Flügge, de distinto tamaño y que contienen millones de virus, que se mantienen en el “aire ambiente relacional”, por lo que es fundamental mantener la distancia física, no personal ni social, de 1.5 a 2 metros, lo que unido al uso adecuado de la mascarilla y la higiene de las manos, constituyen “las 3 reglas de oro de la prevención frente a la COVID-19”.

 

¿Cuáles son las secuelas más importantes de la Covid19?

Tenemos que diferenciar entre los efectos secundarios de los medicamentos utilizados, las complicaciones del desarrollo de la enfermedad aguda y las verdaderas secuelas que pueden mermar la salud de los pacientes, a corto, medio y largo plazo.

Hoy sabemos que la propia enfermedad, que en principio se considera de origen respiratorio, afecta directamente a nuestros pulmones, con la lesión que se conoce como “daño respiratorio residual”, que en ocasiones desencadena una verdadera fibrosis pulmonar, que con el tiempo puede ser la causa de una insuficiencia respiratoria, haciéndoles más susceptibles ante nuevas infecciones respiratorias.

También se ve afectado nuestro sistema cardiovascular al facilitar, por el proceso inflamatorio agudo acompañado por la “tormenta de citoquinas”, la formación de coágulos que pueden llevar a producir una embolia pulmonar o una trombosis cerebral, que con frecuencia han sido la causa desencadenante de la muerte de muchos pacientes. Y la miocarditis inflamatoria y alteraciones del ritmo cardiaco, mas frecuentes en pacientes que han estado ingresados en la UCI.

Por otra parte, diferentes estudios también demuestran que algunos pacientes presentan lesiones en el sistema nervioso central y un daño renal que puede ser el origen de una insuficiencia renal crónica. Además, la mayor parte de los pacientes que han necesitado un ingreso hospitalario, y especialmente los que han estado en la UCI, han sufrido consecuencias importantes en su aparato locomotor como la “sarcopenia” (pérdida de masa muscular) que es la consecuencia de la inmovilidad durante semanas, por lo que necesitan de un verdadero programa de rehabilitación.

Pero existen otras secuelas, a las que realmente no se les está dando la importancia que se merecen y que podemos encuadrar dentro de lo que conocemos como “secuelas emocionales”.

 

¿Y las “secuelas emocionales” de la COVID 19?

Se consideran como las secuelas que ha producido la enfermedad en los pacientes, pero también en sus familiares, amigos y en la población en general, que ha estado confinada durante 3 meses escuchando y viendo todos los días y en todo momento las fatales consecuencias de esta enfermedad y asistiendo, aunque de forma indirecta, al duelo de unas muertes que han estado impregnadas siempre por la crueldad de este coronavirus. A todo ello hay que añadir la incertidumbre ante la evolución de la pandemia a corto y medio plazo, que ha sido y es, una constante que nos abruma en nuestros proyectos de futuro inmediato a nivel laboral, escolar y sociofamiliar.

Un gran porcentaje de pacientes presenta alteraciones psíquicas, totalmente entendibles, que con frecuencia se somatizan, y que desde luego necesitan de un tratamiento específico e individualizado: estrés, ansiedad, depresión y miedo a la muerte, además de frecuentes alteraciones del sueño.

La crueldad de este virus ha sido la causa de tantas alteraciones psíquicas y de la salud mental de muchos familiares que han perdido a sus seres queridos sin la mínima oportunidad de acompañarlos en su enfermedad ni de despedirse de ellos a la hora de su muerte, aunque solo fuera con un saludo a través de sus ojos, un órgano que todos utilizamos para transmitir nuestros sentimientos, y ahora de una forma especial debido al uso de mascarilla de manera habitual.

Y no debemos olvidar las “secuelas emocionales” que se hacen presentes en la población en general y especialmente en nuestros mayores y nuestros pequeños, en los que el miedo, la tristeza ambiental y la ansiedad hoy son la causa desencadenante de verdaderas alteraciones de sueño, que incluso con frecuencia se presentan como pesadillas y “terrores nocturnos”.

 

 

La necesidad de crear Unidades Funcionales Covid

Todos los gobernantes y las autoridades sanitarias deberían ser mucho más “proactivos” y comenzar a poner en marcha verdaderas “Unidades Funcionales Covid”, para atender a todas las personas que presenten cualquiera de las secuelas comentadas, con el fin de potenciar su salud a todos los niveles, biológico, psicológico y social.

Deberíamos recordar todos aquél triste episodio que vivimos en España en 1981, con el “aceite de colza desnaturalizado”, que se conoce en medicina como “síndrome tóxico”, una enfermedad multisistémica que tantos problemas causó a mas de 20.000 personas que consumieron este tipo de aceite, y que hoy todavía muchos de ellos están sufriendo las secuelas tanto en su salud física, como en la psicológica y social; después de múltiples protestas y concentraciones, solo contaron con alguna tímida idea de Unidad Funcional, pero todavía siguen huérfanos en este sentido.

Estas “Unidades Funcionales COVID”, deberían instaurarse en el “nivel intermedio de atención”, entre los centros de salud y los hospitales, en los “centros de especialidades” para que de este modo se descargue de presión asistencial tanto a los hospitales como a los centros de salud.

“Funcionales” porque deben estar formadas por un equipo multi e interdisciplinar: médicos, profesionales de enfermería, psicólogos, psiquiatras, nutricionistas, fisioterapeutas y rehabilitadores, y que siempre tengan la posibilidad de conseguir la interconsulta necesaria en cada caso con los especialistas del hospital y el seguimiento de cada paciente en el domicilio por parte de los profesionales del centro de salud. Y por supuesto que estas Unidades Funcionales deberían tener una relación directa y continuada con todas las Residencias Geriátricas, que ya deberían estar medicalizadas.

Jesús Sánchez Martos

Catedrático de Educación para la Salud

Universidad Complutense de Madrid

@jsanchezmartos

 

 

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