Por qué Vox cuenta con votantes de Podemos

El partido de Santiago Abascal y José María Llanos ha orientado su estrategia a buscar votos de desencantados del PP, de abstencionistas y de ex de Podemos

Vox, el partido que dirige en el ámbito nacional Santiago Abascal y en la provincia de Valencia José María Llanos, tiene bastante orquestada su estrategia electoral y ha lanzado sus redes a los tres caladeros de votos que considera más fructíferos. Uno resulta previsible: electores desencantados del Partido Popular o que están más a la derecha del PP. Los otros dos, no tanto, aunque responden a una lógica bastante emocional del votante, un factor fundamental en unos comicios.

¿Cuáles son estos dos caladeros menos predecibles teóricamente? El primero, el de aquellas personas tradicionalmente abstencionistas, que no se movilizan por apatía, pereza o desencanto. En ese ´nuevo´votante se podría incluir también a quienes debutan porque ya han cumplido los 18 años. Sí, se trata de una mina en la que todos los partidos tratan de encontrar vetas de oro electoral. 

No obstante, este tipo de votante desmovilizado se suele motivar sobre todo por hartazgo o por ganas de cambio. Cuando participa masivamente -aunque parezca una incongruencia- cambia el panorama. Vox, y así lo reconoce públicamente José María Llanos, espera que se desplace hasta las urnas y le respalde el elector que quiere algo nuevo, diferente, que decide que ya es el momento de hacer algo, de cambiar. Ese caladero suele ser bastante esquivo en general para todos los partidos, y salvo tras hechos puntuales como el atentado del metro de Madrid o porque su nivel de indignación llegue a cotas máximas, suele quedarse en casa o ir a la playa si sale un día radiante. Confiar en ese elector constituye un riesgo excesivo.

En cambio, el tercer filón en el que espera rascar el partido de Abascal y Llanos parece más sorprendente pero resulta, a la vez, lógico e incluso factible. En votantes que en 2015 apoyaron a Podemos. Entonces, y ya antes en las elecciones al Parlamento Europeo de 2019, la formación que dirige Pablo Iglesias logró, con su discurso anticasta y desmarcándose de las ideologías tradicionales, el apoyo de numerosos ciudadanos hastiados del PP, de la corrupción y, en general, del sistema político. De votantes que respaldaron a una formación emergente que pretendía cambiar todo y que, entonces, representaba la antítesis de unos partidos desacreditados.

En la campaña de 2015 Podemos llenaba pabellones deportivos de personas de todos los estratos y condiciones, en muchos casos con poder adquisitivo medio alto. Ese electorado votó por algo diferente, que rompiera. Con los años, el desgaste, la entrada en el poder, los enfrentamientos internos y su adscripción ideológica hacia la izquierda o extrema izquierda cuando antes renegaba de esos planteamientos de la política clásica, Podemos ha ido perdiendo la simpatía de ese perfil de votante anti. Y en unos tiempos de indignación y volatilidad, el número de personas que votan contra algo (el sistema) o contra alguien (un partido) tienden a crecer.

Podría definirse como un sufragio de castigo contra lo que se suele denominar clase política. Y ese voto acostumbra a ir dirigido hacia quien más daño parece que puede hacer a esa clase política (que la representan todos los partidos del arco parlamentario). Ese elector no responde a ideologías. Busca cambio y castigo. No importa lo que venga. Lo que no le gusta es lo que hay. Obedece a ese dicho de "quizás no sé lo que quiero, pero sí tengo claro lo que no quiero". Y no hay más que mirar en el entorno internacional para darse cuenta de la fuerza del voto "antisistema".

Esta similitud podrían tener Vox y Podemos, la de contar con el mismo votante aunque en elecciones diferentes. En cualquier caso, esos cálculos de Vox pasan por conseguir una percepción fundamental en la población: que van a conseguir representación. Cualquiera votante sufragista de esos tres caladeros podría inclinarse finalmente por los de Abascal únicamente si ve que su papeleta "es útil", en otras palabras, si va a un partido que puede obtener diputados o concejales, que va entrar en las diferentes instituciones. 

De lo contrario, ni abstencionistas ni antis se movilizarán. O, por lo menos, no lo harán para votar a Vox. Se limitaría a recibir los sufragios del elector más derechista del PP. Y con eso andará muy justo para alcanzar unos objetivos mínimos. De cualquier modo, queda un medio año largo y voluble para las elecciones de 2019, en el que el panorama y las encuestas darán, a buen seguro, muchas vueltas.

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