La camiseta de Abascal

Relato en primera persona de una anécdota reveladora de la personalidad del hombre de moda de la política española.

Me levanto con toda la prudencia con la que uno debería siempre levantarse en domingo, y descubro al pasar las pantallas de la prensa que hoy todo el mundo habla de Santiago Abascal, el líder de le emergente Vox. Y pienso que vaya birria de columnista que estoy hecho no habiendo escrito aún nada sobre el aún joven político vasco. Así que me pongo a la labor de explicarles lo de la camiseta de Abascal, que yo creo que les va a interesar.

Conozco a dos personas que nacieron en Fuenterrabía, Guipúzcoa. Hoy Hondarribia, Gipuzkoa. Una de ellas, un hoy muy conocido periodista radiofónico especializado en política asentado en Madrid que hizo sus primeras armas como becario mío en Alicante. Se iba a casar en su pueblo natal y me invitó. Yo no sé qué año era. Diría que 2005, más o menos. Por razones que no vienen al caso yo no tenía de quien acompañarme para tal ocasión, así que contacté con una vieja amiga de juventud de mi época alicantina con la que nunca perdí del todo el contacto, y que ahora, vuelta hacía años a su patria chica, trabajaba en un colegio euskaldun. Esa amiga es la otra persona que yo conocía natural de la bella localidad guipuzcoana. Aceptó. Me acompañó en aquella entrañable ceremonia y se quedó hasta los postres de la la cena con la que los contrayentes nos obsequiaron.

La pareja nupcial nos sentó en la mesa de honor, en la que se daban cita los invitados más relevantes, a juicio del periodista recién casado. Básicamente, políticos y periodistas. Entre los primeros, Santiago Abascal. Por entonces militaba en el PP. Como el novio. Y supongo que, como yo trabajaba en la COPE, dio por hecho que todos en la mesa lo hacíamos. Suele ser muy común el error de creer que los empleados piensan exactamente como los dueños de las empresas donde consiguen empleo. Abascal, al menos, debió pensar que todos en aquella cita defendíamos la misma idea de nación. No cabía pensar que se hubiera colado un nacionalista -que no era yo pero venía de mi mano- en la fiesta. Y se explayó con una anécdota que para él era categoría.

Como su padre y su abuelo, el ahora líder de Vox ha estado toda la vida amenazado por ETA. Hay que recordarlo. Pero siempre hizo frente a esa circunstancia vital fundamental con valentía puede que hasta temeraria. Aquella noche tranquila pero no tanto como las de 2018, Abascal se indignaba contándonos que a su hijo pequeño le insultaban en el colegio -y no recuerdo si algo más- por acudir vestido con una camiseta de la Selección Española de fútbol. Y nos miraba, a un lado y a otro, queriendo hacernos a todos partícipes de su relato, buscando confirmar con gestos o palabras una solidaridad para con él que daba por hecha, una reprobación hacia el colegio y los infantes aleccionados que suponía indiscutible.

Y de repente mi amiga, que había aprendido de bien mayor a expresarse con admirable soltura en la lengua autóctona vasca que hasta hacía poco casi desconocía, y que ejercía como profesora con esa norma vehicular, le contestó con desparpajo que hombre, claro, pues que esperabas, lo que tenía que haber hecho tu hijo era no llevar esa camiseta y así seguro que no le pasaría nada. Tierra trágame. Era una boda. Yo no tenía mucha gana de polémica, la verdad, y menos de haberla originado aunque fuera indirectamente, así que intenté conciliar. Afortunadamente ambos hicieron gala de la educación que se les suponía, y a falta de acuerdo cambiaron de tema.

Hoy leo en El Mundo que a Abascal distintos grupos policiales y militares le envían camisetas para que se las ponga y cuelgue la foto en Instagram. “Como ésta de la Legión: voy con ella al monte y por Amurrio … y nadie me dice nada”.

 

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