15 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Loyola de Palacio o Fraga, los "Rubalcaba" que no tuvieron el respeto del PSOE

Fotomontaje con Loyola de Palacio, Manuel Fraga, Miguel Ángel Blanco y Rita Barberá

Fotomontaje con Loyola de Palacio, Manuel Fraga, Miguel Ángel Blanco y Rita Barberá

El homenaje unánime a Rubalcaba contrasta con el desprecio o la indiferencia del PSOE hacia muertos ilustres de derechas, con episodios desagradables que ahora contrastan.

Rubalcaba se ha ido con el reconocimiento y homenaje de todos, incluidos su rivales políticos más conocidos: desde Rajoy hasta Casado, pasando por Rivera e incluso dirigentes de Vox, el fallecimiento del dirigente socialista con solo 67 años ha suscitado una ola unánime de afecto y parabienes a su trayectoria. Algo que también ocurrió con Carme Chacón, la exministra de Defensa con Zapatero fallecida también hace dos años.

Pero no siempre ha sido así. Los muertos ilustres de la derecha no han tenido ese reconocimiento, se les ha negado de manera expresa o incluso se ha llegado a denigrarles, en algunos casos muy recordados. Los casos son elocuentes, y alguno bien reciente.

 

Por ejemplo, esta misma semana, el de Manuel Fraga. El fundador de Alianza Popular, precusora del PP, ha perdido su título honorífico de Hijo Adoptivo de La Coruña por una decisión conjunta de Marea, el Bloque Nacionalista... y el PSOE.

 

 

Su pasado como ministro franquista, a cuyo régimen sirvió el padre del propio Rubalcaba como aviador, pesó mucho más en ese desprecio que su trayectoria democrática como inductor de la Constitución o del fin de la censura en prensa, amén como de casi todos los pactos que asentaron la Transición y establecieron el régimen que hoy conocemos.

El caso de Loyola

Pero nada de eso le sirvió para obtener el respeto que, merecidamente, ha suscitado en todos los ámbitos ideológicos la muerte del político socialista. Tampoco los recibió Loyola de Palacio, ministra en España y vicepresidenta europea en tiempos de Aznar, fallecida a temprana edad tras una brillante trayectoria, víctima de un cáncer letal.

 

 

Admirada y respetada en toda Europa por su formación, empuje y conocimientos, su rivalidad con José Bono a cuenta de las polémicas ayudas continentales en las plantaciones de lino, fue suficiente para que los socialistas boicotearan un reconocimiento de la UE a su trayectoria dándole su nombre a un sistema de becas para mujeres emprendedoras.

Ocurrió en 2007, pocos meses después de su muerte. A una propuesta en ese sentido de Alejo Vidal Quadras, entonces europarlamentario con el PP, le sucedió el veto del PSOE: alegó que Loyola de Palacio, quien sabe si sucesora de Aznar de no atravesarse en su camino la letal enfermedad, era una persona controvertida.

A Loyola le negaron unas becas con su nombre; a Blanco una foto en el Ayuntamiento de Madrid y a Fraga un título honorífico

"Me llena de amargura que el clima entre los dos grandes partidos en España se haya degradado hasta tal punto que ya no se respete ni a los muertos", dijo Quadras entristecido por su viaje amiga antes de retirar la propuesta para evitar una discusión pública con ella ya en la tumba. Loyola tuvo que esperar diez años hasta que el Congreso le rindió el tributo que siempre mereció.

Barberá, ninguneada

Tampoco Rita Barberá, alcaldesa de Valencia acusada de corrupción por donar y recibir mil euros a su partido en un caso finalmente archivado, le fue mejor. Hasta su muerte sufrió un estigma que ni su propio partido fue capaz de combatir, aunque su trayectoria política había sido hasta entonces de las mejores cosechadas nunca por ningún alcalde en Valencia y casi en toda España.

 

 

Su trágica muerte en un hotel en Madrid, mientras esperaba declarar judicialmente, fue recibida con indiferencia o desprecio, hasta el punto de que algunos socios actuales del PSOE, como Podemos, se negaron a participar en el minuto de silencio convocado en el Congreso.

El recuerdo de Miguel Ángela Blanco

Un caso más, especialmente sangrante, evidencia el antagonismo de unos y otros en recuerdo de sus bajas más ilustres. Esta vez el damnificado fue, hace dos años, Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua y triste protagonista de uno de los asesinatos más crueles de ETA en su larga y sanguinaria trayectoria.

 

 

La alcaldesa de Madrid, que cada año rinde tributo a los abogados de Atocha con el apoyo absoluto de todos, se negó a colgar el retrato de Blanco en la fachada del Ayuntamiento, tal y como los compañeros del concejal habían solicitado.

Carmena apeló a que no quería destacar a unas víctimas sobre otras, pese a que el edil simboliza a todas en la iconografía del dolor, generando una tormenta política saldada con un homenaje alternativo en el que, ahí sí, ella ya participó.

 

A Rubalcaba le han rendido casi honores de Estado, los que no tuvo siquiera hace dos meses José Pedro Pérez Llorca, padre de la Constitución fallecido en marzo a los 78 años. Y a nadie se le ha ocurrido criticarlo. Al contrario, el aplauso y agradecimiento al socialista, clave en la defensa de la sucesión monárquica cuando en 2014 se discutía al respecto, ha sido universal. Pero hay agravios y contrastes que, con los hechos en la mano, resultan sorprendentes. En esto también hay dos varas de medir.

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