24 de abril de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Las vacaciones y derroches de Pedro Sánchez deben estar controladas por ley

La legislación debe evitar que el capricho y el derroche de cualquier presidente sea suficiente para avalar lo que hace Sánchez con aviones, helicópteros, asesores y vacaciones.

 

 

Pedro Sánchez tiene derecho a vacaciones familiares, como cualquier trabajador y ciudadano, pero no de cualquier manera y a cualquier precio. Ostentar la presidencia del Gobierno no puede ser un obstáculo para disponer de un asueto razonable, pero tampoco para hacerlo en unas condiciones ofensivas para sus gobernados y con poco parangón entre sus homólogos europeos.

El contraste entre el presidente irlandés y el español, ambos de viaje en Canarias durante la Navidad, lo dice todo: el primero voló en una línea ordinaria desde Dublín; el segundo movilizó el ínclito Falcon y un regimiento de escoltas para alojarse en un palacio con todos los lujos, tras haber descansado ya la semana previa en Doñana.

El dispendio de Sánchez es el mismo para irse de vacaciones que para elevar el número de Ministerios o de asesores a dedo

Es una imagen innecesaria e incompatible con la austeridad que cabe esperar, al menos en los gestos, en un dirigente que de verdad entiende la naturaleza de su país, sumido según sus propias palabras en una miriada de "emergencias sociales" de difícil atención desde el dispendio y la ostentación de la que hacen gala Sánchez y su esposa, Begoña Gómez, en casi todos sus comportamientos.

De lujo en lujo

Porque desaparecer durante dos semanas para disfrutar de lujos a cargo del contribuyente pertenece a la misma mala costumbre que elevar un 33% el gasto en Ministerios, aumentar de manera insólita el número de asesores o disponer de aviones y helicópteros oficiales, sin dar ninguna explicación y declarando sus expediciones incluso privadas como "secreto de Estado".

En pocos países de Europa un presidente desaparece dos semanas a todo lujo, usa aviones y helicópteros sin límite y lo tapa todo con opacidad

La estética es importante, pues a menudo revela la ética con que se aborda la gestión de los asuntos y recursos públicos. Y la de Sánchez es deplorable, sin paliativos, por el derroche caprichoso que comporta y la opacidad que la recubre.

Dirigentes de grandes países viajan en transporte público, viven en sus pisos de origen y dan cuenta de todas y cada una de sus decisiones si comportan un sobrecoste imprevisto de las arcas públicas. Y en muchos de ellos esto se regula por ley, para evitar que el capricho clientelar y en nepotismo sólo encuentren freno en el sentido común del inquilino ocasional del poder.

 

Tal vez eso haga falta en España; una regulación legal mayor y mejor de qué puede hacer un gobernante cuando ejerce sus funciones. Porque viendo a Sánchez, es obvio que la buena voluntad y el sentido del decoro que debieran regular esos excesos no son suficientes: ponerles un coto legal y definir más y mejor los parámetros de su conducta es, pues, el único recurso viable para evitar su evidente tendencia al despilfarro y el cesarismo.

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