19 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Te sigo echando de menos, Andrés

 Andrés Montes era un modo de vivir, una manera de ser feliz, de afrontar la vida con optimismo.

Andrés Montes era un modo de vivir, una manera de ser feliz, de afrontar la vida con optimismo.

Siete años desde su muerte, resulta imposible dejar de citarle en cada conversación sobre baloncesto.

No suelo y no me gusta hacer escritos íntimos y personales sobre personas concretas. Lo hice con Pablo Laso, con Sergio Rodríguez o con la selección española de baloncesto: gente a la que no conozco en persona pero que llevan tanto tiempo en mi vida que los quiero como si fueran mi familia. En el fondo me siento un poco mal hablando de Andrés Montes, primero porque no me gustaría que la gente pensara que escribo ahora que se cumplen siete años de su muerte para aprovecharme y conseguir más lecturas, y segundo porque siento un profundo respeto al hablar de la gente que ya no está.

Fueron muchas madrugadas con él en directo, otras tantas tardes en diferido e innumerables momentos comentando o repitiendo los motes o chascarrillos al día siguiente en el entrenamiento. Había partidos, la mayoría en liga regular, en los que deseabas que llegara el tiempo muerto largo para que conectaran con Montes y Daimiel (orgulloso y agradecido, por cierto, me siento hoy en día de sentarme, no sé aún muy bien por qué, al lado de Antoni en una mesa) en plató y ver qué chorrada comentaban para llenar el tiempo. Cualquier tema aleatorio se convertía en un debate trascendental sobre el sentido de la vida.

No tengo constancia de nadie de su profesión al que año a año se rememore o cuyas frases sigan tan vigentes en el vocabulario de la gente

Los tópicos dicen que una persona no muere mientras que permanezca en la memoria de las personas que la quieren. En ese caso Andrés está muy lejos de morir. No tengo constancia de nadie de su profesión al que año a año se rememore o cuyas frases sigan tan vigentes en el vocabulario de la gente. Pero Andrés Montes era mucho más que una amalgama de motes inconexos y frases célebres, muchísimo más. Andrés Montes era un modo de vivir, una manera de ser feliz, de afrontar la vida con optimismo y buen humor. Andrés Montes te hacía entretenido un Moldavia-Chipre y, sin saber muy bien cómo ni por qué, no eras capaz de cambiar de canal. Él representaba un periodismo sano, sin meterse en jardines ni en polémicas: le daban un micrófono, contaba lo que veía y nos vendía la moto.

Siempre pensaré, por varios motivos, que lo mató un poco el fútbol. Los aficionados, eruditos seguidores de un deporte intocable no pudieron consentir, en un alto porcentaje, cómo un tipo como Andrés les narraba, a su manera, los partidos de balompié. Recibió críticas desde todos lados, aunque ahora se obvien porque no vienen a cuento, pero las hubo, muchas y de muy variadas procedencias. Y el circo del fútbol en general, una máquina de crear y destruir sueños a un ritmo vertiginoso, te lo da y te lo quita todo de un día para otro. De héroe a villano en dos portadas de periódico, en dos tertulias nocturnas o en dos reportajes infectos de la televisión. Y en ese mundo no encajaba, a mi modo de ver, la nobleza de Andrés.

Andrés Montes era la excusa, la mayoría de las noches, para ver un partido. Hoy solo queda el baloncesto, y sin él me sabe a poco

Andrés Montes era patrimonio del baloncesto y como tal debió perpetuarse, por mucho que fuera capaz de narrarlo todo, como bien le gustaba vanagloriarse. Para mí la NBA murió un poquito mucho antes que Andrés, exactamente cuando se fue de Canal+ en busca de otros proyectos. Él era la excusa, la mayoría de las noches, para ver un partido. Hoy solo queda el baloncesto, y sin él me sabe a poco.

 

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