26 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La pandemia llega a cifras de marzo al poco de que Sánchez la diera por vencida

La curva de contagios ya estaba disparada cuando Sánchez dio por ganada la "batalla"

La curva de contagios ya estaba disparada cuando Sánchez dio por ganada la "batalla"

La "segunda ola" acumula cifras de contagios y muertos similares a las de días terribles de marzo, con un matiz: desde julio el Gobierno lo sabía y animó a relajarse.

 

Para hacernos una idea de cómo estamos con la pandemia, basta un dato: ayer y anteayer se confirmaron los mismos contagios, casi 11.000, que en el pico máximo del peor día de marzo. Ocurrió el 20 de aquel mes, cinco días después de decretarse el Estado de Alarma, con 10.854 infecciones confirmadas.

De gente, por cierto, que enfermó entre finales de febrero y principios de marzo, cuando el virus corrió como la pólvora mientras el Gobierno permitía cientos de eventos multitudinarios en toda España, probablemente para no verse obligado a suspender también el 8M.

Unos días antes, el 11 de septiembre, España alcanzó el récord de la larga pandemia, incluyendo el mes de marzo, aunque casi nadie se percató de ello y la "nueva normalidad" siguió fluyendo en calles, cares o colegios.

Cuando nadie conocía al virus, no teníamos mascarillas y encontrar gel era tan difícil como acertar la quiniela, tuvimos menos infecciones que ahora mismo. Aquel día, el de la Diada en Cataluña y las Torres Gemelas en Nueva York, llegamos a las 10.972 infecciones.

Estamos en peores cifras de infecciones que en los peores momentos del comienzo de la pandemia, con una tendencia a los 10.000 casos diarios que parece desgraciadamente estable. Y con una mortalidad diaria que empieza a parecerse a la de marzo: el martes se registraron 241 fallecimientos; el 14 de marzo 296.

 

Y otro dato más, para rematar el desastre: tenemos registrados más 693.000 de los 31 millones de contagios oficiales en todo el mundo. Eso significa que, con solo el 0.6% de la población, padecemos el 2.5% de las infecciones totales. Cuatro veces más de lo que por población nos correspondería. Y no somos los que hacemos más test de Europa, como alegan para justificarse en Moncloa. Es inexacto: somos los octavos.

Todo ello plantea una pregunta: ¿Por qué entonces hubo un confinamiento total y ahora discutimos si se tiene o no que cerrar tal o cual calle de Madrid y se convocan y suspenden incluso manifestaciones para evitarlo desde el propio Gobierno?

Pude haber varias respuestas. Ahora mismo, el Gobierno ha logrado que el problema sanitario parezca cosa de las Comunidades. Y que Sánchez y su equipo estén de oyentes y de observadores para, llegado el caso, actuar como meros “cascos azules” de la ONU, para intervenciones salvadoras generalmente aplaudidas por la población civil.

 

 

Decretar un Estado de Alarma nacional más o menos intenso, que con las cifras en la mano parece lo apropiado, le devolvería una responsabilidad que no quiere… aunque siempre ha tenido: la Ley de Salud Pública determina en su articulo 14 que, ante emergencias sanitarias procedentes de alertas internacionales que superan el ámbito autonómico, la máxima responsabilidad es del Gobierno.

Pero además de volver a enfrentarse a las decisiones más incómodas, Sánchez tendría un problema: se anularía su relato de la pandemia, que ha consistido en borrar los errores previos, traspasar las culpas a las regiones y presumir de haber encontrado soluciones. Y volveríamos a la simple y dura verdad: sufrimos los estragos más severos en marzo y volvemos a sufrirlos en septiembre.

La primera ola llegó con el Gobierno descartando contagios masivos y convocando el 8M. Y la segunda nos vuelve a afectar después de que, en julio, Sánchez anunciara entre sonrisas y aplausos que habíamos ganado la batalla al virus y que había que echarse a las calles a disfrutar del verano.

 

 

Son dos graves errores, sin disculpa alguna, que solo tienen un matiz positivo: el número de reproducción básico instantáneo, que es la cantidad de gente que infecta un contagiado, está en 0.97. Casi tres veces menos que en marzo, cuando alcanzó la espeluznante cifra de 2.72.

Eso significa que, en contra del discurso que culpa a la gente, la gente se ha seguido cuidando y no ha bajado la guardia: con el virus igual de desatado, su capacidad de transmisión se ha reducido un tercio. Porque nos protegemos nosotros de la COVID… y de la desastrosa gestión del Gobierno. Del nacional, en primer lugar, y de todos los demás.

 

Todo esto se demuestra con un dato, impactante: España tiene 24 contagios por cada 100.000 habitantes. Francia 15. Brasil 14. Estados Unidos 13. Portugal y Reino Unido 4. Italia no llega a tres. Y Alemania no alcanza los dos.

Es decir, tenemos una tasa de contagiados de entre dos y diez veces más que todo nuestro entorno, incluidos los países más golpeados en la primera oleada. Otra vez como en marzo. Y otra vez tras negar el riesgo, presumir de haberlo superado, desatender las obligaciones más elementales e ignorar las alertas que ya daba el sistema.

Porque en contra del discurso de Sánchez, la pandemia nunca se ha ido: el 31 de julio, cuando el presidente se dio dos homenajes en Moncloa y el Congreso para presumir de haberle arrancado 140.000 millones a Europa, que no llegarán ni pronto ni sin devolver la mitad y poner 36.000 al presupuesto de la UE; el Ministerio de Sanidad ya registró 3.589 contagios.

 

 

La curva no ha dejado de subir en agosto, cuando todos estaban de vacaciones y se escondía a la ciudadanía lo que ahora intentan presentar como una fatalidad. Otra más, como en marzo.Y no lo es: el Ministerio de Sanidad siempre ha sabido, en tiempo real, el número de contagiados, al alza desde principios de julio, cuando desde Moncloa se difundía esperanza y Sánchez animaba a reservar las vacaciones.

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