25 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

O conmigo o contra mi

 

 

A Susana Díaz, y no es la única, le parece que estar en contra de la Ley de Violencia de Género es “justificar la violencia contra las mujeres”, y así lo ha expresado en plena campaña andaluza incurriendo en una acusación grave y calumniosa contra VOX, imagino que fruto de la tensión que le produce estar viéndole las orejas al lobo.

Tirando de sentido común, cualquiera que razonara mínimamente y sin prejuicios de por medio, sobre esta afirmación que Díaz ha planteado como si fuera un axioma, debería pensar que es una ridiculez. Y debería pensarlo porque estar en contra de una ley no significa necesariamente estar en contra de lo que la ley defiende, más bien significa que para lograr el mismo objetivo hay quien haría las cosas de forma diferente. 

Lamentablemente, no parece que sea el prejuicio el que nubla el pensamiento de Susana Díaz, o de quienes actúan como ella, sino la deshonestidad que es mucho peor que el prejuicio y bastante más preocupante.

 

Porque cuando se hacen afirmaciones a sabiendas de que no se está siendo ni decente, ni razonable, ni justo, se es deshonesto, y en política, cuando se calla y oculta lo que de verdad se piensa para manipular la verdad, distorsionarla y ponerla al servicio de unos intereses particulares de una forma tan burda y soez, no solo se está siendo deshonesto, sino que también se está demostrando la bajísima estima que se tiene de aquellos a quienes se dirige el discurso, por presumirles tan poco juicio. 

Ideología cegadora

Cuando se vive en democracia y en un Estado de Derecho tan fuerte y consolidado como el nuestro, no deja de sorprender que haya partidos incapaces de aceptar el desacuerdo o la disconformidad y políticos incapaces de tolerar al que opina diferente, poniéndole en la tesitura del ‘conmigo o contra mí’ (o te gusta mi ley sobre violencia de género o estás a favor de la violencia de género) al más mínimo desencuentro, como si no hubiera otra opción posible. 

Dicen que hablando se entiende la gente, pero qué difícil es hacerlo cuando la ideología nos ciega, el sentido común escasea y valores como la honestidad, la decencia o la verdad, se guardan en un cajón.

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