Los 1.000 estudiantes que eligieron luchar

Bandera del Batallón de Estudiantes Artilleros

Bandera del Batallón de Estudiantes Artilleros

Durante la Guerra de la Independencia, un batallón de estudiantes voluntarios de la Universidad de Valencia partió dirección a Zaragoza para auxiliarla en su lucha contra los franceses

La figura de “El Palleter”, un humilde huertano que se levantó sobre una silla para declarar la guerra a Napoleón, ha pasado a la posteridad como el símbolo de la lucha de los valencianos contra el invasor francés. La imagen de aquel joven desafiante inspiró a artistas y eclipsó otros episodios heroicos que Valencia protagonizó en la Guerra de la Independencia.

Uno de los más curiosos, y quizás de los menos conocidos, fue el de los estudiantes de la Universidad de Literatura de Valencia que abandonaron el claustro y los libros para empuñar el fusil y blandir la espada ante el invasor.

A comienzos de verano de 1808 Valencia estaba rodeada por el ejército del general francés Moncey y los habitantes del cap i casal comenzaron a alistarse como voluntarios. Primero un batallón, luego dos, llegó el tercero y el cuarto y la guerra continuaba. Fue entonces cuando nació el quinto batallón de voluntarios, formado por estudiantes de la Universidad de Valencia.

Por su preparación académica se formó como batallón de artilleros, organizado en cinco compañías –de 200 hombres- y cada una con un catedrático al frente. Los profesores eran los oficiales y los estudiantes los soldados que entendieron bien el momento sublime que afrontaba España.

El 13 de junio de 1810, en la Basílica de los Desamparados, aquel batallón recibía la bendición previa a la batalla. Catedráticos, profesores y alumnos alrededor de una bandera especialmente diseñada para aquella unidad militar.

En el estandarte, la figura de Minerva recordaba el origen de aquellos voluntarios. Quién mejor que la diosa de la sabiduría y de la estrategia militar para guiarlos en el combate.  Sobre una pila de libros, Minerva -que empuña la pluma y la espada- sujeta un medallón con una inscripción: “Valor, constancia y lealtad reina en la Universidad de Valencia”. Rematan la bandera -en su parte inferior- unos cañones que dan fe de su condición de artilleros a la vez que estudiantes.

El batallón de voluntarios luchó y –por un momento- perdió. Fueron derrotados en Zaragoza y los supervivientes llevados a Francia como prisioneros. Tuvieron que esperar el final de la guerra para volver a Valencia.

Aquella fascinante historia casi pasa al olvido colectivo, pero el 14 de mayo de 1924, el rector de la Universidad de Zaragoza, ante una comisión de autoridades valencianas, inauguró una placa en el paraninfo de la capital aragonesa recordando el sacrificio de aquellos estudiantes.

Otra inscripción, igual que aquélla, adorna también las paredes de la Universidad de Valencia. Allí está para quien quiera verla, como memoria de un testimonio que no se resigna a desvanecerse sin más.

Hace unos meses, moviendo cajas en el almacén de esta universidad, un paño descolorido, doblado y sin lustre veía la luz después de muchos años. Como si la diosa Minerva hubiera despertado de un largo sueño, la bandera de los estudiantes artilleros quiso reclamar su sitio en la Historia. El estandarte está ahora mismo restaurándose en los talleres del “Instituto Valenciano de Conservación, Restauración e Investigación” de la Generalitat Valenciana.

 A los que no hayáis visto la placa que recuerda a aquellos voluntarios en la universidad, os animo a verla. Para los que sí la conocemos, esperaremos pacientes a ver cómo la bandera del batallón recupera el esplendor de aquel tiempo.

La Guerra de la Independencia no la ganó –sólo- el ejército español. Fue la comunión de mucha gente que jamás antes pensó en luchar, pero que no tuvo más remedio que hacerlo. Seguro que Vicente DoménechEl Palleter” era feliz en su huerta, y los estudiantes de la literaria de Valencia disfrutaban con sus  poemas. Jamás se imaginaron luchando, hasta que no pudieron imaginarse de otro modo.

De aquellos 1.000 voluntarios apenas sabemos sus nombres ni sus historias. Quizás se quedaron también todos estos años en aquel sombrío cajón de almacén, en el campo de batalla, en los Sitios de Zaragoza o en una cárcel francesa.

La vida de aquellos 1.000 poetas -que cambiaron los versos por la pella del cañón- cabe toda en una bandera. Tengo ganas de verla para poder respirar la pólvora y oír cómo la diosa Minerva me susurra al oído que aquellos héroes jamás antes habían imaginado serlo, pero eligieron luchar.

Yo solamente elijo no olvidarlos.

*Experto en seguridad y geoestrategia.

 

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