19 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Antonio R. Naranjo

    El Gran Carnaval

    Como en la película de Billy Wilder, la política española es un carnaval solemne, cómico y trágico a partes iguales. Y así es esta bitácora de un analista perplejo que cada día lo observa todo en ESdiario y Herrera en Cope.

Echenique, depender de un dependiente

El secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique

El secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique

El dirigente de Podemos se ha aprovechado de la situación de su “humilde empleado”, que tanto dice apenarle, para conseguir sus servicios a un precio irrisorio y sin estabilidad.



Pablo Echenique es argentino de nacimiento, adora Venezuela y no le hace suficientes ascos a la filia de Garzón con la URSS, aquel país que se tomó casi tan en serio como la Alemania del Reich implantar la eugenesia para evitar que prosperaran personas como él, una locura purista en la que incurrieron también, siquiera sobre el papel, naciones tan avanzadas como Estados Unidos, con un sorprendente respaldo de la propia izquierda.

Imaginen al propietario de un taller textil justificando el pobre salario a su empleado con semejante argumento.semejante argumento

No es una barbaridad citar este punto ni pretende ser tampoco una provocación: conviene especialmente en alguien que, en su estado, encuentra más razones para criticar al país que le acoge, le cuida y le ha ayudado a desarrollar sus evidentes talentos intelectuales y su conmovedor esfuerzo personal que para desmarcarse de los que, en tiempos remotos, le hubieran querido muerto o en la actualidad sentado en un orinal con un par de pañales.

Es en ese contexto donde hay que ubicar la polémica sobre el cuidador de Echenique, un tipo que cobraba 300 euros por atenderle, sin papeles ni contrato, y que al conocerse el episodio ha debido indignarse con la explicación de su patrón: el sistema empuja a la gente humilde a instalarse en la economía sumergida, ha venido a decir el dirigente de Podemos, desposeyéndose a sí mismo de cualquier responsabilidad moral, legal, laboral y ética.

Imaginen al propietario de un taller textil justificando el pobre salario y la falta de protección a su empleado con semejante argumento. No hace falta que elucubren; su amigo y mentor Pablo Iglesias sugirió que la riqueza de Amancio Ortega era un acto de terrorismo.

Ocurre que, además, la ley es tajante al respecto de quién tiene que abonar las cotizaciones, como remarca el sexto apartado del Sistema Especial para Empleados del Hogar: “En todos los casos el responsable del ingreso de las cuotas será siempre el empleador, conforme a la normativa establecida en el Régimen General de la Seguridad Social. El procedimiento de ingreso de cuotas se realizará, de manera obligatoria mediante domiciliación bancaria o cargo en cuenta”.

Lo que Echenique ha dicho, en fin, es que como no estaba dispuesto a cumplir con sus obligaciones, la única manera que aceptaba para mantener a su cuidador –tal vez un profesional formado; en todo caso un ser humano siempre- era pagándole en metálico y sin relación formal alguna.

La hipocresía del discurso de Podemos

Esto es, según sus diatribas previas que obviamente yo no comparto ni siquiera para ponerle frente a su espejo, se ha aprovechado de la situación de su “humilde empleado” que tanto dice apenarle para conseguir sus servicios a un precio irrisorio, sin estabilidad, sin derechos y saltándose la ley.

Esa España que tanto denuesta este esforzado argentino de amores venezolanos y memoria siberiana le trata mejor a él que él a su cuidador, y no tanto por el incumplimiento de una ley absurda cuanto por la deplorable justificación dada: hubiera bastado con que dijera que el sistema laboral doméstico destruye esos minijob al envolverlos en una insoportable burocracia y unos inasumibles costes (aunque por sostener esto se cayera con estrépito el conjunto de su discurso en la materia).

Y con que añadiera que determinados empleos (incluyan el de tertuliano de radio y televisión), sólo existen si se desempeñan al margen de las normas tradicionales en el trabajador por cuenta ajena o no digamos en el funcionariado; y que aunque en apariencia carecer de derecho a pagas extra, vacaciones remuneradas y contrato fijo sea una tortura; en la práctica imponer esas condiciones eliminaría en tres segundos tales ocupaciones.

Yo le hubiese entendido e incluso dado la razón, guardándome acaso una cierta duda sobre si alguien en su estado y con sus altas remuneraciones (39.182 euros brutos de sueldo y dietas en sólo tres meses en Europa) tiene algo mejor en lo que gastar su dinero y, todo lo más, le hubiera recordado su propio discurso cada vez que él y los suyos pontificaran sobre el absurdo de elevar Salario Mínimo, arremetieran contra los minijob y criminalizaran preventivamente cualquier otra receta laboral sin caer en la cuenta de que ponerse tan estupendos elimina empleos y remuneraciones que o son así o no son y cuya única salvaguardia es que se circunscriban en tiempo y dedicación a la naturaleza aparente del trabajo: el abuso no es pagar 300 euros; sino imponer con ello una jornada laboral completa.

Las admoniciones sobre la sanidad española

En mayo de 2015, cuando Echenique era candidato a la presidencia de Aragón, lanzó una invectiva sobre la sanidad española, asegurando que como el resto de servicios públicos esenciales habían sido “construidos durante mucho tiempo con el esfuerzo de nuestros abuelos y nuestras abuelas” y sugiriendo, como tantos otros de su estirpe ideológica, que estaban amenazados por la privatización, el negocio y la degradación.

Hizo tales admoniciones sentado en su merecida silla de última generación frente a la puerta del hospital Miguel Servet, aquel genial científico español que murió asesinado en la Suiza intransigente de Calvino por defender y demostrar cómo circulaba la sangre por el cuerpo humano, tal y como explica el imprescindible Stefan Zweig en su memorable obra ‘Castellio contra Calvino’, un tratado inmortal contra la intolerancia y el fanatismo.

Tampoco dijo entonces la verdad, y no sólo porque las evidentes lagunas del sistema sanitario español no dan para asustar a sus usuarios desde un discurso destructivo irresponsable ni, tampoco por inquietantes que sean sus desperfectos, para dejar de estar entre los mejores del mundo por -entre tantas cosas- dar servicios a enfermos de atrofia muscular espinal, la terrible enfermedad del meritorio Echenique.

Y es que ese legado sí es de “nuestros abuelos”, como dijo, pero no de los suyos. Él vino a España con 13 años, por inteligente decisión de sus visionarios padres, y fue aquí donde logró que su capacidad y sacrificio incuestionables tuvieran un reconocimiento y un desarrollo tal vez imposibles en los países que adornan su geografía ideológica y sentimental: una licenciatura en Ciencias Físicas, un puesto fijo en el CSIC y una fulgurante carrera política que le ha convertido en sólo un año en eurodiputado, secretario de Organización de Podemos y parlamentario en las Cortes de Aragón.

Algo que no hubiera sido posible si el sistema, el mismo al que él apela para culpar siempre a otro salvo que el otro sea él; le hubiera dicho que sólo podía dar una propina a alguien discapacitado, extranjero y tan dependiente como para que ni su cuidador pueda depender de él pese a su confortable estatus económico y social.

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