Obituario. Paul Andreu, el último renacentista

Muere el arquitecto de los aeropuertos y la Ópera de Pekín.

La Ópera de Pekín llena de lágrimas su espejo de agua. 

El pasado jueves 11 de octubre ha muerto Paul Andreu, un gigante de la arquitectura internacional nacido en Burdeos que siempre presumió de sus orígenes españoles puesto que su apellido proviene de Cataluña. Gran Premio Nacional de Arquitectura desde 1977 y dos veces Premio Aga Khan (1995 y 2006), su humanidad y también su sabiduría popular le hicieron así mismo acreedor de la Gran Cruz de la Orden Nacional de Mérito en 2015, tras haber sido galardonado con la Legión de Honor y ser Comendador de las Artes y las Letras.

Recordamos la emoción de nuestros estudiantes de arquitectura de Valencia en el abundante coloquio que siguió a su lección magistral para los más jóvenes en el Aula Magna de la Escuela. Magisterio y cercanía, rara combinación privilegio de los dioses, tan escasa en estos tiempos de apariencias y postverdades venales.

Una emoción no menor a la que el maestro vivió asistiendo a la mascletá fallera invitado por Rita Barberá en el balcón del Ayuntamiento. “Cette grande femme … cette grande maire” repetía a menudo visitando alborozado la ciudad antes de entregarnos a los placeres de la gamba roja de Denia (superbe) y el Casta Diva que prepara con tanta fruición Gutiérrez de la Vega en La Marina. Viviendo, sintiendo y gozando la hospitalidad valenciana con la misma intensidad que siempre puso en su trabajo.

Desde el Aeropuerto Charles de Gaulle –esa mole intermodal imposible de tener en la cabeza- del que se ocupaba con el mimo del patrón y la eficiencia del ingeniero, hasta el no menos complejo conjunto de la Ópera de Pekín, resuelto con un difícil sincretismo cultural no exento de ensayos y aciertos provenientes de su propia sensibilidad y su profundo conocimiento de la historia. Los mismos que de forma esencial plasmaba en su abundante obra plástica, en sus relatos y textos, en sus fotografías de lo ordinario y –definitivamente- en un trato humano en el que, empequeñeciéndose, agrandaba al amigo. Y descolocaba al adversario.

Su doble formación en la exclusiva Ecole de Ponts et Chaussées (1963) y en l’Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts (1968) de Paris, (en la primera terminó a los 25 años y en la segunda con apenas 31) y su admiración por las matemáticas como arte superior indiscutida, le dotaron de ese perfil esencial que cada vez echamos más de menos en nuestros modernos planes de estudio. Rigor y cultura profunda; alimento espiritual.

Osaka luce en su bahía su Museo Marítimo como una perla cultivada de extraordinarias prestaciones tecnológicas. No menos que sus numerosos aeropuertos, el de Abu Dhabi, el del Cairo, el de Dubai, el de Yakarta, el de Brunei, el de Manila … con su precisa y meticulosa organización funcional y su hermosa espacialidad.

Nunca presumió de su imprescindible colaboración con von Spreckelsen en el Grand Arc de la Defense, ni de sus últimos proyectos de ciudades en China mientras ejercía generosamente la docencia y se ocupaba de un Vicerrectorado en la Universidad de Zheijiang. Presumía de su familia y de sus amigos -entre los que nos hizo un privilegiado hueco- de quienes se ocupaba de forma extrordinaria.

Apenas hace quince días nos mandaba fotos de sus últimas pinturas.

Aquí y en nuestros corazones queda su huella para siempre. Descansa en paz querido Paul.

José María y Ana Lozano. Arquitectos

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