25 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Han tenido seis meses para preparar el curso y al final arranca con chapuzas

Isabel Celáa

Isabel Celáa

Las aulas reabren entre la improvisación, el miedo y la falta más galopante de un plan realista. En marzo tuvo disculpa, pero medio año después es intolerable tanta incompetencia.

 

 

Ocho millones de alumnos volverán a las aulas esta semana, en el curso más incierto de la historia y con la molesta sensación de que la experiencia previa de marzo no le ha servido de gran cosa a las autoridades para tener un plan firme de actuación.

La duda de que, ante todo, se antepone el retorno por razones logísticas antes que sanitarias, fruto del evidente problema de conciliación que supone el cierre de los centros, está más que justificada. Y la sospecha de que esa huida hacia adelante puede fracasar en pocos días, también.

Antes de que el comienzo sea general, hemos visto ya cómo en Sevilla o Guipúzcoa, por citar dos ejemplos, guarderías y colegios se han clausurado o demorado su puesta en marcha por un único caso positivo. Si con eso llega para tomar la decisión más radical, ¿va a aguantar abierto alguno, en cualquier lugar de España, a finales de septiembre?

Que el propio presidente del Gobierno les exigiera a los presidentes autonómicos una coordinación intensa con el Ministerio de Sanidad a la hora de decidir cierres, indica que frente al discurso oficial de tranquilidad subyace la asunción de que habrá interrupciones muy pronto, ora fruto de la decisión de las autoridades, ora del pánico de los padres.

 

 

Y la sensación de que se arranca para tapar la imprevisión previa y simular una normalidad inexistente que no soliviante a los padres, también se detecta. Y resulta lamentable. Porque nadie tiene soluciones sanitarias para una situación tan compleja. Pero a nadie se le tiene que disculpar tampoco que no tenga un plan serio, firme y factible para intentar reducir los estragos.

Los seis meses pasados desde marzo eran a todas luces suficiente para hacer algo más que ventilar las aulas, imponer las mascarillas o extender el uso de hidrogel desinfectante. Reformar la enseñanza para adaptar los planes a las asignaturas básicas; organizar las clases en distintos turnos y edificios; adaptar el curso a un eventual retorno a la enseñanza telemática; dotar a los alumnos necesitados de recursos tecnológicos o instruir a los profesores en herramientas y técnicas de educación a distancia estaba al alcance de la mano.

 

En lugar de eso, Isabel Celáa ha oscilado entre anunciar medidas al tuntún, que cambiaban cada semana, o desaparecer simplemente del mapa. Y los consejeros autonómicos de Educación, no han estado tampoco mucho mejor.

Todos parecían confiar en que la pandemia desapareciera, pese a que los datos y tendencias nunca justificaron ese optimismo. Y ahora, probablemente, cuando vengan los parones en cadena se limitarán a decir que ellos lo han intentado. Penoso.

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