21 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El lamento descarnado de un fundador de C's retumba en el partido: "¿Qué somos?"

Albert Rivera, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Albert Rivera, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Rivera está ante un gran dilema: o elige ser un socio natural, exigente pero fiable, del PP; o se suma, al albur de las circunstancias coyunturales, a alianzas con socialistas y populistas.

La fotografía que este jueves ilustraba la mayoría de los medios de comunicación con un sonriente Juan Carlos Girauta, haciendo piña con el socialista Antonio Hernando y la portavoz de Podemos, Irene Montero, va a ser, sin duda, un plato de muy complicada digestión para buena parte de los votantes de Ciudadanos.

"Antes sabíamos lo que éramos pero no lo que íbamos a ser. Ahora no sólo no sabemos lo que queremos ser, ni siquiera sabemos lo que somos", me reconoce uno de los fundadores del partido de Albert Rivera, que progresivamente se ha ido distanciando de la actual dirección naranja.

Rivera, en legítima defensa de su estrategia política, ha decidido dar un salto cualitativo uniendo sus fuerzas al PSOE y a Podemos para tratar de aislar en un rincón del Congreso al PP y forzar lo que a todas luces parece una causa general y juicio sumarísimo de la izquierda a las finanzas de los populares.

Nada que objetar si era uno de los puntos acordados para la investidura de Mariano Rajoy. Ahora bien, no parece que socialistas y morados sean los mejores compañeros de viaje para impartir lecciones de limpieza y transparencia de las cuentas.



Además, el presidente de Ciudadanos sabe que los casos de corrupción que rodean a la supuesta caja B del PP se están sustanciando donde deben, en sede judicial.

Y que, respecto al ámbito de la responsabilidad política, se solventaron allá donde se dirimen los juicios en política: en las urnas. Por eso, Rajoy vio esfumarse el 20 de diciembre un caudal de casi 3 millones y medio de sus votantes, hartos de escándalos más que indignantes y de las maneras insensibles de hacer una política -en tiempos de una crisis económica sin precedentes, es verdad- a la que, como reconoció Carlos Floriano en su día, "le faltó piel".

La razón de ser de Ciudadanos

Rivera, por supuesto, está obligado a conectar con los deseos de sus votantes desencantados con el gran partido del centroderecha en España. No sólo está obligado, casi le va en ello la supervivencia electoral. De ahí que haga muy bien abanderando un compromiso por la regeneración que empuje al PP por ese camino.

O que, si lo incumple, le señale negativamente frente a los votantes. Esa fue la razón de ser de C’s, primero en Cataluña, y luego en su salto al escenario nacional. Más todavía, son muchos los electores del PP hartos de votarles con la nariz tapada bajo el pretexto de que son la única fuerza política que aporta fiabilidad en la gestión de las instituciones.

Y, lógicamente, la formación de Rivera, si es coherente, podrá seguir pescando en el caladero de votos del centro derecha si el PP sigue empeñado en no hacer los muchos deberes que tiene pendientes en materia de renovación.

Sumarse a socialistas y populistas sólo lleva a Ciudadanos a desconcertar a sus propias bases

El pacto que sostiene a Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid, pese a lo complicado que es apoyar un gobierno siendo oposición, es un ejemplo a seguir. Se es firme en lo acordado si bien se ejerce la oposición con lealtad.

Sin embargo, a nivel nacional, Ciudadanos tiene pendiente resolver de una vez un dilema: o ser un socio natural, exigente pero fiable, del PP; o sumarse, al albur de las circunstancias coyunturales, a alianzas con socialistas y populistas. Escoger esta última opción sólo les lleva a desconcertar a sus propias bases y alejarse de quienes ya les han apoyado y de aquellos que en potencia podrían apoyarles en el futuro.

El coste del "abrazo" a Pedro Sánchez

Ya el fallido acuerdo de investidura con el PSOE de Pedro Sánchez, en febrero de 2016, le costó a la formación naranja, cuando se volvieron a repetir las elecciones, casi medio millón de votos y ocho escaños. Porque muchos de sus votantes tuvieron entonces la sensación de haber sido engañados: siendo personas de centroderecha, habían votado a políticos de la izquierda.

Lo que está ocurriendo en Murcia con Ciudadanos, con una actitud de los naranjas que puede tacharse casi por igual de improvisada y justiciera, está desde luego alejada de la línea que debe presidir un partido que desea afirmar ante sus bases un rumbo equilibrado.

Aliarse con Podemos y PSOE para desalojar a un presidente, Pedro Antonio Sánchez, que ha sido imputado en quince ocasiones y desimputado quince veces, (con lo que se ha instalado en la opinión pública la percepción de que hay una cacería judicial contra él por parte de una izquierda que no logra vencerle en las urnas y que sólo reclama que se espere al dictamen del magistrado que investiga su caso antes de resolver su futuro político), no es el mensaje más claro que puede lanzar un partido de centro.

En el Ayuntamiento de Granada C's sostiene a un alcalde del PSOE acusado de malversación, usurpación de función pública y prevaricación

Sin obviar, claro, que el nivel de exigencia de Rivera en Murcia y en otros lugares dista mucho del que su hombre fuerte en Andalucía, Juan Marín, está empleando en algunos otros casos de corrupción socialista, como por ejemplo lo ocurrido en el Ayuntamiento de Granada, donde se hizo dimitir al alcalde del PP, José Torres, cuando fue imputado, y ahora se mira hacia otro lado cuando el imputado es el alcalde del PSOE, Francisco Cuenca, que le sustituyó. Y eso que a Cuenca no se le investiga por una mera irregularidad administrativa: un juez le acusa de malversación de caudales públicos, usurpación de función pública y prevaricación.

Así que si Ciudadanos quiere liderar el papel regenerador de la nueva política, debe hacerlo sobre todo siendo coherente y justo y sin caer en sobreactuaciones que le disfrazan del soberbio de patio de colegio que se cree con derecho a decidir quién sí y quién no tiene derecho a jugar al balón.

Sus votantes, una buena parte procedentes del centro y la derecha, así se lo van a pedir. No es bueno apostar una y otra vez por despistar a los electores, más aún cuando una formación política es tan joven que todavía no ha alcanzado los niveles de estructuración y enraizamiento que tienen otras, aunque sólo sea por los años que llevan actuando.

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