24 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sánchez pide apoyo a Casado y Rivera con Venezuela pero luego ni les convoca

 

 

Tarde y mal, el Gobierno de Sánchez  ha reconocido a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela, perdiendo la oportunidad de liderar la respuesta internacional a la tiranía de Nicolás Maduro: una posición que, por razones históricas y culturales, España debería haber ejercido como en muy pocas otras ocasiones.

A la demora en la respuesta, el presidente le ha añadido varios errores incomprensibles: el primero, dejar una puerta abierta al entendimiento con el Régimen que el propio Maduro ha cerrado de un portazo, demostrando su decisión de llegar hasta el conflicto civil o militar antes que aceptar su inevitable salida. Solo queda por saberse a qué precio.

El personalismo

Y el segundo gran error, de carácter doméstico, es la nueva patrimonialización desde La Moncloa de un asunto que, si es de Estado, ha de ser tratado como tal. Sorprende que un presidente tan débil, sin la legitimidad de las urnas y con una realidad parlamentaria tan ínfima actúe tan habitualmente como si gozara de una aplastante mayoría absoluta.

Para Sánchez la política de Estado consiste en darle la razón sin rechistas, aunque haga o diga lo contrario de lo que sostenía antes

Lo hace con Cataluña, con los presupuestos, con las leyes educativas o con el recurso constante al decreto-ley, entre otros casos. Y lo ha vuelto a hacer en lo relativo a Venezuela, prescindiendo de una consulta al Congreso o, al menos, de una reunión para buscar el consenso con la oposición, a la que sin embargo exige complicidad.

Sin llamar a Casado ni Rivera

No haber citado ni llamado a Pablo Casado ni a Albert Rivera para pactar con ellos una respuesta unánime confirma el carácter cesarista de un presidente que llegó al puesto apelando al parlamentarismo y luego gobierna, en realidad, desde el personalismo más sorprendente.

Para Sánchez, la política de Estado consiste en darle la razón en todo, sin levantar la voz ni participar en la decisión ni en su puesta en escena. Y lo hace incluso cuando adopta decisiones que, días antes, se había negado a avalar cuando se las pedían los mismos partidos a los que al final emula. Un comportamiento lamentable pero nada sorprendente: es Sánchez en estado puro.

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