Una lección de empatía

Mano de Saúl.

Mano de Saúl.

Las actividades que conllevan violencia hacia los animales muchas veces terminan en daños también en las personas. Si no, que se lo pregunten a Saúl.

Hace dos semanas conté el trágico final del toro que escapó aterrorizado de la plaza de toros de Algemesí, herido y con problemas de visión, que fue acribillado a balazos en plena calle, y rematado con un arma blanca de grandes dimensiones, también en plena calle.

En un comunicado del Ayuntamiento de Algemesí, además de aplaudir el modo en que se había llevado a cabo la ejecución del animal, se indicó que había tres personas heridas leves como consecuencia de la huida del toro. Dos por caídas y uno que había sido embestido.

He tenido la suerte de poder conocer a uno de esos heridos “leves”. Se llama Saúl, tiene 27 años y es antitaurino.

Digo suerte porque es una persona con una empatía tremenda y un sentido del humor envidiable, aunque preferiría no haberle tenido que conocer en estas circunstancias.

Saúl estaba en la calle, junto al portal de unos amigos, charlando con ellos. A su lado estaba el carrito de bebé en que dormía la hija de 10 meses de edad de esta pareja.

De pronto, se escucharon gritos y vio como un toro corría despavorido hacia ellos, mientras era increpado y hostigado con varas por los pastores.

En su intento de dejar atrás a sus perseguidores el toro avanzó interceptando a Saúl en su trayectoria quien, sin tiempo de reaccionar, salió despedido cayendo a varios metros de distancia, tras volar a otros tantos del suelo. Su amigo le ayudó a resguardarse en el portal donde se dio cuenta de que algo no iba bien.

El resultado inmediato: tres vértebras rotas, el radio del brazo izquierdo roto y contusiones y magulladuras por todo el cuerpo.

El resto de consecuencias derivadas: incontables y que no sabremos con certeza hasta dentro de algún que otro año.

De momento, Saúl ha tenido que someterse a una intervención quirúrgica muy delicada para tratar de restablecer los daños producidos a sus vértebras.

Ahora se enfrenta a una dura rehabilitación que se prolongará como mínimo durante seis meses, durante los que no podrá ser independiente ni retomar su actividad cotidiana.

Si hablamos de los deportes que practicaba, skate y bicicleta BMX, ya le han informado que debe despedirse de ellos durante dos años, por lo menos, pues cualquier caída o golpe pueden tener un desenlace fatal para su columna y su movilidad.

Y si nos referimos a profesión, no va a poder continuar trabajando, por motivos obvios, en la empresa que hace quince días le había contratado como técnico electromecánico, en la que tenía buenas perspectivas de futuro. Si además contextualizamos en la precariedad del mercado laboral actual, la pérdida de este trabajo resulta todavía más lamentable.

Por no mencionar las secuelas psicológicas, imposibles de valorar en estos momentos.

Llegados a este punto, te pido, a ti que estás leyendo, una reflexión.

¿Imaginas que esto te hubiese pasado a ti?

Piensa en tu impotencia. Piensa en cuántas veces te repetirías ¿por qué yo, si no participo de estos actos?

Piensa en el miedo de tus padres...cuando les llamaran para decirles que estás en el hospital. “¿Mueves los pies?” Es lo primero que le preguntó su madre a Saúl cuando lo vio.

Piensa en tus hijos...¿y si en lugar de al chaval, el toro arroya el carrito? ¿Y si fuese tu bebé el que hubiese estado ahí?

Yo no dejo de preguntarme ¿por qué quienes nos gobiernan, nos siguen sometiendo a estos riesgos totalmente innecesarios?

¿Por qué siguen anclados y nos siguen amarrando socialmente a la edad media? ¿Será que piensan en la ciudadanía como “el pueblo bárbaro” y creen que lo mejor para distraernos y que no señalemos su ineptitud es seguir sometiéndonos a un circo romano, con la filosofía del “pan y circo”?

Es muy probable que así sea. Como es evidente su falta de empatía, tanto hacia los animales como hacia las personas.

Y en esto, Saúl les da una gran lección. Pese a su estado, entre lágrimas me contaba que cuando cerraba los ojos, sólo veía la cara de ese hermoso toro, que estaba muy asustado, pero que no le daba miedo y al que no culpa de su situación. “Para mí, lo peor de todo ha sido saber de qué forma tan cruel han acabado con ese pobre animal. Espero que lo que me ha pasado sirva para poner fin a esta barbarie”.

 

*Coordinadora de PACMA en Valencia

 

 

 

 

 

 

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