Excesivo optimismo en Davos

La reciente asamblea anual del Foro Económico Mundial en la localidad Suiza de Davos ha sido la más optimista de los últimos diez años.

Desde que comenzó la anterior crisis global no nos encontrábamos con unas perspectivas de crecimiento tan buenas (de hecho, el FMI acababa de revisar al alza, hasta el 3,9%), con una inflación generalmente controlada, una política monetaria fuertemente expansiva y unos precios del petroleo mayormente estables.

Sin embargo, posiblemente es demasiado pronto para bajar la guardía, ya que la última crisis todavía no ha acabado de dar sus últimos coletazos. Aunque la mayor parte de economías mundiales realizaron reformas en profundidad de sus sistemas financieros, de modo que se cumpliera un doble objetivo: combatir las causas que generaron la actual crisis y estar preparados para afrontar futuros desafíos con mejores cimientos, lo cierto es que todavía están verdes para ser sometidos a nuevas pruebas.

Las bases de la recuperación son débiles. El endeudamiento de las empresas, que sigue siendo elevado, no se ha reducido todo lo que debería durante la crisis, a pesar de la política monetaria expansiva y la baja o nula inflación. Esto puede suponer un importante problema cuando los bancos centrales decidan que es el momento de volver a elevar los tipos de interés y la inflación aumente. Hacer una transición progresiva, que no produzca una falta de financiación y un aumento del endeudamiento, lo que conduciría a una nueva espiral descendente hacia los infiernos, es esencial.

Los mercados de valores viven ahora máximos históricos, en parte porque los bajos tipos de interés han fomentado la búsqueda de alternativas para obtener rentabilidad; en parte por pura especulación. Lo esencial es que los expertos coinciden en que esta situación al alza no se mantendrá indefinidamente, si bien son optimistas y entienden que el impacto sobre la economía global será limitado y no volverá a causar una crisis en cascada que arrastre a todas las bolsas.

Los dos factores que pueden resultar más desestabilizadores y provocar una nueva crisis mundial cuando aún no se ha cerrado la anterior son en realidad China y Estados Unidos. China es el mayor poseedor mundial de deuda estadounidense, y una parte muy importante de su reserva de divisas es en dólares. El mero rumor este mes de enero sobre que se planteaba dejar de comprar deuda estadounidense, ya produjo temblores en los mercados hasta que fue oficialmente desmentido. Si dejaran de comprar y pasaran a reducir deuda, encarecerían su financiación en momentos en que la Reserva Federal comienza a subir los tipos de interés.

Por su parte, los errores geopolíticos estadounidenses, capitaneados por un Donald Trump cada vez más crecido, que no engaña a nadie en relación al proteccionismo encubierto y su poco apego al concepo de libre comercio, pueden acabar en un retroceso de todos los avances logrados en ese campo hasta el momento.

En especial hay que referirse al abandono del multilateralismo y la integración económica mundial. Por el contrario, con un discurso fuertemente populista y enmascarado en una defensa de la soberanía estatal, Trump proclama la vuelta al bilateralismo. Lo que no dice es que esto supone en general una ventaja para él, ya que negociando uno a uno su peso relativo es mayor. Por desgracia, esta actitud limita forzosamente el enfrentarse a amenazas globales desde una misma posición y con unas reglas compartidas, lo que en un mundo interdependientes como el actual es una obligación.

Trump critica también lo que considera competencia desleal por parte de la UE, por las subvenciones agrícolas entre otras cosas, obviando la depreciación artificial del dolar actual, para lograr una ventaja competitiva al exportar sus productos y reducir las importaciones. Lo que Trump considera comercio justo es comercio con condiciones ventajosas sólo para sus productos, sin contraprestaciones ni concesiones mutuas.

No es éste el camino a seguir. La experiencia histórica ya nos ha demostrado que el proteccionismo y aislacionismo económico produce un efecto en cascada que redunda en perjuicio del conjunto. Lo más adecuado sería una mayor integración económica mundial y actuaciones conjuntas para perseguir la evasión fiscal. En esa misma línea, Macron defendía aumentar la cooperación fiscal internacional.

¿Estaremos siendo demasiado optimistas?

(*)  Politólogo y graduado en Derecho.

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