25 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Antonio R. Naranjo

    El Gran Carnaval

    Como en la película de Billy Wilder, la política española es un carnaval solemne, cómico y trágico a partes iguales. Y así será este blog de un analista perplejo en algunos de los mejores programas de radio y TV de España.

Iceta, la grupi de Pedro

Iceta y Sánchez en una "actuación" en campaña.

Iceta y Sánchez en una "actuación" en campaña.

Pero cuando de verdad se destapó fue al pedirle, con berridos de vieja antigua gritando “al ladrón” en una película de Ozores, aquello de “Por Dios, líbranos de Rajoy”. Nació el cheerleader.

Iceta se ha convertido en la grupi de Sánchez, la animadora no muy lista pero siempre leal que corea hasta los regüeldos de su estrella como si fuera canto gregoriano. Al inenarrable líder del ya diminuto PSC le conocimos bailando como una loca, simpático sin duda, pero le descubrimos haciendo el capullo en la fiesta de la rosa.

Un bailecito que no desentonaría en la formación original de Village People, donde al indio y al mecánico bien puede sumársele un gordito cachondo, le hizo célebre para un gran público que compra más que nunca la política postural sobre la conceptual y se entretiene, con la lánguida complicidad de los medios, discutiendo si es más del puño de Pablo o de la V de victoria de Errejón, como si ambos se merecieran un debate filosófico en lugar de una peineta.

Pero cuando de verdad Iceta se destapó fue al pedirle a Sánchez, con berridos de vieja antigua gritando “al ladrón” en una película de Ozores, aquello de “Por Dios, líbranos de Rajoy”. Allí se resumió, con su esplendor de cheerleader y sus pompones de todo a 100, el cacofonismo sanchista por antonomasia, escondido siempre en palabras huecas expresadas lo suficientemente alto como para que nadie pierda el tiempo en entenderlas.

Dijo el renovado secretario general del PSC, partido que siempre fue pijo pero también razonable y ahora se ha vuelto hortera y residual, que todo valía con tal de no plegarse al voto ciudadano, y que si para lograrlo había que abrirse de patas dos veces, una con Podemos y otra con el independentismo, merecía la pena. Les merecía la pena a ellos, que es de lo que se ha tratado siempre, y no dudaron en mentir a la mentira convencidos de que sus huestes aceptarían la máxima de Diderot y beberían de un trago el engaño que adula, y sólo gota a gota la verdad que amarga.

Si aquella intentona, tan vergonzosa que ni el propio Sánchez se atrevió a contársela a sus estafados militantes –no digamos a los ciudadanos, explicó la caída del secretario general en una ceremonia que quiso ser de fina cirugía y acabó como el Kill Bill de Tarantino; el empeño de los caídos en defender de repente unas terceras elecciones como alternativa a la abstención, obedece al infantil deseo de resurrección.

Los del “No es No”, falacia sanchista que sólo hubiera sido algo legítima si desde la noche del 20D o del 26J hubiera ido acompañado de una apuesta por otros comicios; los que transforman una abstención inevitable del PSOE en una bajada de pantalones ante el PP excitando los más bajos instintos de su poco exigente militancia; trabajan ahora pues para que Rajoy saque más diputados que nunca y amplíe hasta a 92 la diferencia en escaños: los 20 de más que sacarían los populares y los 20 de menos los socialistas.

El truco retórico es tan barato como evidente su objetivo, igual de abyecto, de tripero, de egoísta y de antipatriótico que el más que trabajado y escondido pacto con los secesionistas que hubiera convertido a Sánchez en presidente a título de chacha de Pablo Iglesias, Artur Mas y Oriol Junqueras.

Ahora quiere, movilizando a grupis sin escrúpulos como Iceta y Patxi, que el PSOE se estrelle como nunca para imputarle a sus actuales dirigentes una hecatombe que en realidad sigue siendo suya, de esta tropa de Icetas que no tiene ni iceta idea de otra cosa que no sea saciar sus ansias de poder.

Como la actitud de Sánchez es a la política de Estado lo que una colonoscopia al sexo o un estrangulamiento al masaje, pongámonos a su altura escatológica: él dejó una boñiga tan grande como el trasero bailarín de Iceta, y aunque pretenda adjudicarle el olor a Javier Fernández y a sus más decentes compañeros (lentos de reacción pero firmes al fin de convicción), todo el mundo sabe que es suya. Y que ellos, simplemente, intentan tirar de la cadena. Algo tarde.

Comenta esta noticia
Update CMP