Moriscos valencianos: economía, discriminación y estereotipos

A principios del siglo XVII llegaban a suponer aproximadamente un tercio de la población valenciana. Ningún otro territorio de la monarquía poseía una población morisca tan numerosa

Los moriscos han generado auténticos ríos de tinta. Al renovado interés por la cultura islámica cabe añadir la sugestión que despierta un mundo y una sociedad que desaparecieron de forma brusca. Conceptos como la tolerancia, inmigración, deportación o la construcción de muros que separan se repiten actualmente con asiduidad en los informativos televisados y en la prensa escrita. Por todo ello, la atención historiográfica que ha recibido la sociedad morisca ha sido enorme. En este sentido, quisiéramos destacar la selección de trabajos publicados en la Biblioteca de Estudios Moriscos de las Universidades de Valencia, Granada y Zaragoza.

El mundo morisco en los siglos XVI y XVII fue una sociedad con una larga trayectoria histórica, heredada del proceso de conquista cristiana en el siglo XIII. Jaime I pactó con numerosas poblaciones islámicas su permanencia en el territorio a cambio de su rendición. Constituían una destacada minoría, y se calcula que a principios del siglo XVII llegaban a suponer aproximadamente un tercio de la población valenciana.

Ningún otro territorio de la monarquía poseía una población morisca tan numerosa, lo que generó multitud de problemas e inquietudes de seguridad, al amparo del creciente poder turco en el Mediterráneo. Los moriscos, a pesar del paso de los siglos, nunca se integraron plenamente en la sociedad cristiana. Conservaron su identidad y sus diferencias culturales y los matrimonios mixtos fueron muy excepcionales. Estas suspicacias y sospechas mutuas no evitaron, por otra parte, su relevante influencia lingüística y especialmente, en la toponimia valenciana.

Salvo algunas morerías en urbes pertenecientes al realengo, como las de Xàtiva y Alzira, la enorme mayoría de moriscos pertenecían a lugares de señorío. En general, los vasallos moriscos soportaban una mayor presión fiscal comparativa y el señor ejercía sobre ellos una mayor sujeción y control. No obstante, las diferencias entre unos y otros fueron muy limitadas en zonas de poblamiento mixto.

Como consecuencia del proceso de conquista y colonización cristiana, se les desplazó de las ciudades y núcleos de población más importantes hacia tierras del interior. Los moriscos se extendían de forma irregular por el territorio. Eran inexistentes al norte de Castellón y en las grandes ciudades y, salvo en la Safor, estaban alejados de la costa, pues se les prohibía acercarse a ella o navegar por los mencionados motivos de seguridad.

Se les encontraba en zonas menos atractivas económicamente y donde la colonización cristiana fue menos intensa: las zonas interiores y la media montaña. Generalmente vivían en pueblos de pequeño tamaño, formados solo por población morisca, pero también había poblaciones mixtas.

Así pues, los moriscos eran una población fundamentalmente rural que se dedicó predominantemente a la agricultura. Desplazados de las mejores tierras (las llanuras costeras y de regadío), la cortedad de sueldo agrícola (mayoritariamente secano) constituyó un importante quebradero de cabeza para sus haciendas domésticas, un problema que aumentó con el incremento demográfico de la segunda mitad del XVI. Cabe añadir la extrema atomización de sus parcelas, cuyo pequeño tamaño generaba ineficiencias económicas.

Para paliar esta limitación de tierras, los moriscos emprendieron diferentes estrategias, ya sea  trabajar como jornaleros las tierras de otros o realizar actividades complementarias como la cría de ganado, el comercio al por menor o la artesanía.

Aunque privados del acceso a los gremios por motivos de limpieza de sangre, los moriscos fueron muy conocidos por sus manufacturas domésticas, como las textiles (lino, seda), la cerámica o la elaboración de alpargatas de esparto, un calzado muy popular.

A pesar de que existía una visión estereotipada de una pobreza generalizada, una minoría de familias moriscas poseía una importante riqueza, que llegaba incluso a sobrepasar las decenas de miles de libras: ricos comerciantes, arrendatarios de rentas agrícolas o prestamistas. Son, por ejemplo, los Abenamir de Benaguacil o los Melo de Bétera, personajes muy influyentes en la sociedad morisca y a los cuales se confió la representación de toda la comunidad en las negociaciones con las autoridades cristianas. Por lo tanto, a pesar de los comentaristas de la época, con juicios simplistas, no debe considerarse a la comunidad morisca como un grupo social y económicamente homogéneo.

Otro estereotipo económico-social, bastante curioso, era el considerarlos como grandes atesoradores, de guardar todas las monedas que caían en sus manos en alguna tinaja que después enterraban en algún sitio y que solo ellos, tras realizar algunos encantamientos, podían desenterrar. Se trataba de una creencia muy extendida y que fascinaba a los cristianos.

La expulsión de la minoría morisca en 1609 no hizo más que alimentarla, al circular el rumor que muchos de ellos habrían enterrado sus tesoros para volver a buscarlos cuando los tiempos cambiasen. El propio Miguel de Cervantes se hizo eco de este pensamiento en la segunda parte del Quijote (capítulo 54).

Aún en el siglo XVIII, el hallazgo de cualquier papel escrito con caracteres arábigos enterrado en el suelo, o tras alguna reforma en un edificio, podía desencadenar una afanosa búsqueda o el recurso a buscadores de tesoros profesionales, en muchos casos farsantes que aseguraban conocer la lengua y tradiciones mágicas moras que les permitirían deshacer los encantamientos protectores.

*Doctor en Historia-UV

Dottore di ricerca-UniCa

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