Azulejos valencianos para los pies del Papa

La importancia de Valencia como primera potencia europea llegó a su punto álgido con el segundo papa Borgia, Alejandro VI. Gracias a él, el suelo que hoy día decora las estancias vaticanas es de origen valenciano, más concretamente de Gandía.

Mucho se ha escrito del Papa Alejandro VI, el segundo de los Borgia. Sin embargo, poco se ha magnificado su gran mecenazgo de lo valenciano y del Reino de Valencia. Gracias a él, el nombre del reino y de la ciudad viajó por todo el mundo. Y no solo el nombre, también sus productos y sus costumbres.

Los millones de turistas que hoy día pasean por el Vaticano se habrán quedado asombrados por el fantástico suelo cerámico que decora las Estancias de los Borgia, las más importantes junto a la pintura de la Escuela de Atenas, de Rafael. Pues ese suelo es de origen valenciano. Y, aunque el que ha llegado hasta nuestros días es una imitación del que tuvo en origen, su llamativo diseño cautiva a quien pasea por el Vaticano.

Este suelo cerámico fue encargado por el propio Alejandro VI que, ante la falta de una cerámica de calidad en Italia, recurrió a su tierra natal para decorar el suelo por donde pisaba el papa. Como no encontraba un taller que reuniese los mejores artesanos de la época, el segundo papa Borgia fundó una fábrica en Gandía, en 1494. De ahí salieron las ideas, los diseños y los envíos con destino a Roma. La fama de esta fábrica traspasó fronteras y se impuso, incluso, a los refinados diseños que por aquella época se producían en Sevilla.

La historia de estos azulejos sufrió el mismo odio y abandono que la figura del papa valenciano. Manuel González Martí, en el invierno de 1912, ayudado por José Benlliure, director de la Academia de España en Roma, se trasladó a la ciudad eterna para poder admirar el arte cerámico valenciano concebido por Alejandro VI después de la restauración que había ordenado el papa León XIII. Pero González Martí se dio cuenta de que aquellas losetas de los pisos restaurados no podían ser copia de las solicitadas por Alejandro VI. Ello motivó que buscasen, junto al director de la restauración, los restos de azulejos del siglo XVI que habían quedado por los rincones y que se habían utilizado para copiarlos con toda fidelidad. Pero no eran los originales del papa valenciano. Siguieron buscando hasta que, finalmente, encontraron en un hueco de un armario pintado, en el muro de la Sala de las Artes Liberales, unos fragmentos de azulejos del papa Borgia.

Gonzalez Martí constató que los azulejos encargados por el papa sí llegaron a colocarse, pero a los pocos años de fallecido, las estancias de los Borgia se inhabilitaron y los azulejos se destruyeron. Cuando más tarde se acometió una primera reforma de las salas, se colocaron azulejos italianos para repavimentar las estancias, que a su vez también trataron de imitar los diseños valencianos.

Gracias a la intervención de Gonzalez Martí, el trabajo valenciano en el Vaticano se pudo salvar, recuperando la importancia que en su día tuvo la cerámica de este reino.

La exquisitez de Alejandro VI, mecenas renacentista y propulsor de posteriores nombres como Miguel Ángel, llegaba a todos los rincones del palacio, incluidos los terciopelos que decoraban paredes o estancias y que provenían, también, de Valencia. El segundo Borgia fue el primero en tomar la resolución de convertir el Vaticano en la residencia permanente de los papas. Remodeló el palacio anterior por completo, además del castillo de Sant’angelo. Una de las muchas donaciones del pontífice fue el gran órgano, con seis columnas de pórfido, ubicado en la nave central.

Vicente Javier Más Torrecillas. Doctor en Historia Contemporánea. Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana.

 

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