Ángeles sin alas

Tal vez no te hayas dado cuenta, pero en cada pueblo y ciudad, sin excepción, cohabitan con nosotros unos seres tan fascinantes como discretos. Estas criaturas son los gatos.

Los gatos que subsisten en nuestras calles suelen hacerlo agrupados en colonias. Las hay formadas únicamente por dos o tres individuos y las hay compuestas por decenas de miembros.

Pueden vivir en entornos rurales o urbanos, en espacios públicos o privados y suelen ubicarse en lugares tan dispares como solares, edificios en estado de abandono, áreas ajardinadas e incluso debajo de algún coche en la calle.

Estos animales son muy distintos entre sí. Hay gatos que son ferales, es decir, que han nacido en la calle y cuyos progenitores ya vivían en la calle, que no soportarían vivir encerrados, ni en un refugio, ni en un hogar. Su sitio está en la calle.

Hay otros gatos que, aunque lleven sobreviviendo en la calle mucho tiempo, siguen socializados con los seres humanos, de modo que podrían ser adoptados y adaptarse a un hogar. El origen de la situación de estos animales es, en la mayoría de ocasiones, el abandono, y su lugar no es la calle.

Vivir en la calle no es fácil, ni siquiera para los gatos, sean o no ferales, a pesar de lo que muchas personas creen.

Además de las inclemencias propias de vivir expuestos a las condiciones climáticas adversas, como frío, lluvia o exceso de calor, se enfrentan a un medio antropizado, pensado por y para humanos, donde la falta de zonas donde resguardarse, la ausencia de sustento y el tráfico hacen mella en estos animales.

Por no hablar de quienes tienen una absoluta falta de empatía y un odio exacerbado hacia los gatos, que no paran hasta convertirlos en diana de sus enfermizas frustraciones, ocasionándoles todo tipo de molestias, daños, e incluso dándoles muerte de las formas más terribles que se pueda imaginar.

Por desgracia, la falta de empatía no se encuentra sólo en parte de la ciudadanía. En demasiadas ocasiones el desprecio proviene de las autoridades, de todo tipo, para quienes las cuestiones referidas a animales son algo sin importancia, una cuestión menor que no merece más recursos que pagar para tratar de exterminar aquello que consideran un problema, aunque en realidad ni se esfuercen por comprobar que no lo es.

Por suerte, los gatos, habitantes no humanos de nuestros municipios, no están solos.

Cuentan con un ejército de personas que, contra viento y marea, pese al frío, al calor, la lluvia, la nieve, el sueño, la enfermedad, las vacaciones, el trabajo,…siempre encuentran cómo cuidarlos.

Estas personas, no sin dificultades, ya que a la carga emocional del compromiso hay que añadir el sufrimiento por el dolor infringido a los gatos y las persecuciones e insultos a que son sometidas ellas, muchas veces, con riesgo incluso para su propia integridad, se ocupan de cuidar de estos indefensos y olvidados animales. Les proporcionan alimento y agua, se ocupan de ellos cuando están enfermos, los desparasitan, los esterilizan para controlar las poblaciones, los llevan a clínicas veterinarias cuando han sufrido cualquier adversidad,…en definitiva, les procuran una vida lo más digna posible. Y lo hacen con la única compañía de la soledad.

Estas personas que, no es casualidad, son en su mayoría mujeres, no entienden de edad, de clase social, de nivel de estudios,…y tienen por nexo el trabajo desinteresado en favor de los gatos, a los que destinan una gran parte de su tiempo y dinero, llevando a cabo un importante trabajo que nos beneficia al conjunto de la sociedad, pues gracias a las cuidadoras, se controlan las poblaciones de gatos de una forma ética y se mantiene la salud de los animales.

Estas personas son los ángeles que velan por los gatos. La única peculiaridad es que, en lugar de alas, van ataviadas con bolsas de pienso.

*Coordinadora de PACMA en Valencia provincia.

 

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