Mis crónicas desde el confinamiento: El presidente desnudo

El presidente desnudo, como el escorpión sobre la rana, no ha resistido la tentación de hacer de la pandemia un particular holocausto.

Me arranco con la cuarta de estas crónicas cuando se cumplen nueve jornadas (diez si contamos la de aviso, e incertidumbre ministerial) desde que, mejor o peor, España, “la España confinada” ha puesto cruel contrapunto a esa otra, mal llamada vaciada, que algunos ingenuos creyeron entre las prioridades del “gobierno de progreso” cuando no era sino otra de las falsas promesas anunciadas
por esa caterva de trepas, oportunistas y cínicos que, tras unas elecciones congénitamente perversas, repartieron a cara de perro su botín.

No me voy a andar con paños calientes cuando, pese a las connotaciones narrativas del encabezamiento de esta serie, es el propio presidente Sánchez quien gusta de las palabras gruesas, de la sobreactuación gestual y de los modos autoritarios en sus soporíferas (sé que me repito) intrusiones vespertinas en el espacio doméstico. (“Partes de guerra contra el corona virus”, sería tal vez, del agrado del inconsciente personaje con aires de comandante en jefe de opereta).

Está por escribir el Elogio de la mentira, pero no carecerá de material abundante quien de hacerlo se centrara en la persona (mi persona) de Sánchez

Hay que tener arrestos para presentarse una y otra vez sin más discurso que el de la ambigüedad y la torpeza aleatoriamente combinadas, de la ocurrencia pueril y la imprevisión en liza, de la fantasía y el aventurerismo a partes iguales. Está por escribir el Elogio de la mentira, pero no carecerá de material abundante quien de hacerlo se centrara en la persona (mi persona) de Sánchez. El presidente desnudo, como el escorpión sobre la rana, no ha resistido la tentación de hacer de
la pandemia un particular holocausto. Así lo consideran –rara, casi imposible coincidencia- Javier Marías y Jon Juaristi, Bieito y Cebrián, Felipe y Rajoy. (Y ningunos es, precisamente, el niño del afamado cuento)

Aunque repugna lo que calla, más todavía que lo que dice, sin recato ni rubor alguno, con aplomo de figurante de postín y maneras de actor protagonista. Un desacato. Hay ya quien no ha tenido empacho en subtitular “las mujeres del presidente” como doloroso indicador íntimo del trasfondo de esta tragedia.

En el colmo de la ignominia, ha ocupado la última de sus inoportunas comparecencias, en acusar el efecto de la crítica ciudadana con más soberbia que el dolor que, hasta por motivos personales, debiera compartir con los españoles. En repetir obviedades y cifras, en errar en previsiones y diagnósticos, autodenominándose “responsable máximo del mando único” (sic) mientras vemos
lo contrario: una irresponsabilidad manifiesta, un mínimo de eficiencia y un gobierno hecho añicos.

Y, toma del frasco, reclamando un plan Marshal. Pues que empiece por aquello de “ … como vuestro presidente que soy, os debo una explicación … y esa explicación os la voy a dar”. Punto final. Lo asociaremos con la boina de Paco Martínez Soria. Y no soy yo, querido lector, quien está banalizando.

Sabemos de las redes plagadas de videoclips caseros airados, subidos de tono, de memes muy agresivos y a menudo insultantes. Y no seré yo quien, aun llegando a compartirlos, los ensalce. Pero es más estúpido que injusto su desprecio, y el olvido o la ignorancia de las causas, como también de la “maldita hemeroteca” que las respalda.

No caben hoy multitudinarias manifestaciones, escraches ni masivas concentraciones de protesta ante las sedes de los partidos gobernantes. El Estado de Alarma cubre sus vergüenzas. 

El enlatado formato de las preguntas (aló presidente) que siguen a cada perorata, obliga al periodista, tras aparentar atención a la retórica interminable y vacía del personaje, con admirable entereza, a formular la siguiente sin que la anterior mereciera respuesta. Para desesperación de la audiencia … y del NewYork Times.

No, no es de recibo. Como no es de extrañar que se evoquen tanto ahora las palabras de Rubalcaba, tan sobreactuadas como efectivas, sobre la mentira y el gobierno. No caben hoy multitudinarias manifestaciones, escraches ni masivas concentraciones de protesta ante las sedes de los partidos gobernantes. El Estado de Alarma cubre sus vergüenzas. Así que no está, en la práctica, tan desnudo el presidente.

Caben sí, la prudencia y la pena que, compatibles y ahora cabalmente complementarios, nos acompañan mientras enterramos a los más viejos. Dios y ellos nos perdonen, iluminen y protejan.

Ya ven, la audiencia de Apunt es más devota que ávida de noticias ahora mismo. Estará satisfecho Puig.

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