La conquista del Reino de Valencia: el asedio de Balansiya (1238)

Imagen más antigua de la ciudad de Valencia, que se conserva en Alcañiz

Imagen más antigua de la ciudad de Valencia, que se conserva en Alcañiz

Jaime I no dejó escapar la oportunidad que se le presentaba y avanzó hasta el Grao y a tan solo una milla de la ciudad hizo clavar su estandarte

 

Pese a la victoria en la batalla del Puig, la posición de la pequeña hueste cristiana seguía siendo vulnerable. En los meses siguientes se sucedieron una serie de acontecimientos que bien pudieron suponer la retirada y el abandono del castillo de Enesa.

En primer lugar, circularon rumores que aseguraban que Zayyán, con refuerzos de Qustantaniya (Concentania) y Castalla, se apresuraba para volver a atacar el Puig. Tales noticias se revelaron infundadas posteriormente, pero despertaron muchos temores: era una posibilidad que en cualquier momento parecía poder concretarse.

Jaime I era bien consciente de la cortedad de sus fuerzas sobre el terreno y que no podría emprender acciones de mayor envergadura con una hueste tan pequeña. Resultaba imperioso ganar tiempo para terminar los preparativos y temía un efecto dominó, con la pérdida de todo lo ganado hasta Tortosa, si desamparaba el Puig.

La situación empeoró notablemente pocos meses después de la victoria, cuando falleció por enfermedad Bernat Guillem d'Entença. Jaime I perdía a un familiar y a buen líder militar en una situación muy comprometida: «La seua persona era molt bona i lleial, i tenia gran afany de servir-nos».

Entre los caballeros que permanecían en el Puig cundió el más absoluto desánimo. Destacados miembros de la nobleza aragonesa aprovecharon la incertidumbre para plantearle al rey la necesidad de discutir seriamente sobre qué decisión tomar. Para ellos, lo más conveniente era retirarse a la espera de tiempos mejores: «I en altre temps podríeu tenir millor ocasió d'assetjar i prendre Valéncia que no teniu ara».

El rey, tras meditar toda la noche, rechazó esa posibilidad: «Guanyarem Valéncia, per aquell lloc, i tota l'altra terra després». Su reputación estaba en juego: el conquistador de Mallorca no podía retirarse con semejante descrédito. Se personó rápidamente en el Puig y allí juró públicamente que no iría a Teruel ni traspasaría el río de Ulldecona hasta que no conquistase Balansiya. Para otorgar mayor fuerza a sus palabras, también anunció que haría venir a la reina. Los caballeros del Puig, que se disponían a desampararlo, lloraron de emoción y le aclamaron al saber que no volvería a abandonarles.

La decisión del rey era firme y valiente, pero también inusitada, como así pronto le hicieron saber su mujer y su tío. El asedio de una urbe como Balansiya requería numerosos preparativos y tiempo. Lo habitual y lo más conveniente en estos casos, como ya había ocurrido anteriormente, era que los súbditos, a los cuales se les pedía un considerable esfuerzo, tratasen directamente con el rey.

Pero en este caso Jaime I estaba ausente al cumplir su juramento del Puig. Zayyán añadió más dudas al ofrecer un tributo anual de 10.000 besantes de oro, entre otras promesas. Nunca un rey aragonés había recibido una oferta semejante, pero Jaime la declinó: «Tindrem la gallina i després els pollets».

La mejor estrategia para tomar una ciudad tan populosa como Balansiya era rendirla por hambre. Como preludio del asedio, comenzaron a realizarse una serie de cabalgadas con el objetivo de depredar el terreno, facilitar el aislamiento de la ciudad y llenarla del mayor número de refugiados posible. Las poblaciones circundantes comenzaron a rendirse una detrás de otra: Almenara, Nules, Vall d'Uixó... Jaime I se acercaba cada vez más, hasta conquistar también Bétera y Paterna: «La ira i el dolor que de primer tenien se'ls doblà, en veure que tant ens acostàvem a ells».

Sin embargo, sus fuerzas seguían siendo poco numerosas, menos de dos millares de hombres, entre infantes y caballos, según la crónica real. Pero la época era propicia: justo antes de la cosecha, lo que favorecería a los atacantes su posterior avituallamiento mientras que los almacenes de la ciudad no estarían llenos cuando fuese aislada.

Jaime I no dejó escapar la oportunidad que se le presentaba y avanzó hasta el Grao y a tan solo una milla de la ciudad hizo clavar su estandarte. Las fuentes cristianas no recogen la fecha exacta del inicio del asedio, pero sí lo hizo una musulmana, de la mano de Ibn al-Abbar: el 22 de abril de 1238.

 

*Doctor en Historia-UV. Dottore di ricerca-UniCa

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