20 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Lo que queda del día

 

 

La concentración fue hace sólo dos días, pero viendo los informativos de esta mañana sobre el juicio al procés parece que hubiese pasado ya una glaciación. Como si la Historia de España hubiese cambiado su unidad de medida: de los 711, 1492, 1812, 1898… a fijar los hitos históricos con el cronómetro en la mano.

Tal vez sea así en general, pero no creo que lo sea en este concreto caso. Del domingo a hoy no ha habido un cambio de página. Es la misma película, aunque se trate de dos distintos momentos cumbre de la trama entre los que se distribuyen las apariciones estelares de sus protagonistas.

Hoy es el turno de los políticos (los políticos leales y los políticos presos), los abogados (los abogados ejercientes y los abogados políticos), los periodistas (los periodistas informadores y los periodistas activistas); y, sobre todo, hoy es el turno de los jueces que, vistos los precedentes, parece que serán de una única clase. Esa de la que hablaba el otro día el maestro Gómez de Liaño, y que tan bien conoce porque siempre fue la suya: los jueces que hacen honor al viejo lema del nec spe nec metu. O sea, “sin esperanza, sin miedo”.

Sin "tezanos"

Pero el domingo fue el turno de los ciudadanos (por cierto, muchos más que 45.000, salvo que la unidad de medida sea un “tezanos” midiendo la intención del voto ajeno). Yo estuve allí y es cierto que la sensación fue agridulce.

Infinito agradecimiento y apoyo a los siete jueces que a partir del martes libran la gran batalla por la defensa de la Ley

Desde un speaker a medio camino entre el vocero de tómbola de feria y el animador piscinero de un hotel del IMSERSO, hasta unos lectores del manifiesto (¡y Vargas Llosa estaba allí, a pie de la tribuna!), que lograban convertir en grimosa la palabra pluriempleo; pasando por el propio manifiesto, hijo híbrido de la Luz (la parte final leída por Castillón) y de no se sabe bien qué (la leída por María Claver), aunque con seguridad se trataba de un padre no sobrado de la digna y severa -y por eso mismo mucho más eficaz-contención de los clásicos.

 

Y sin olvidarnos de lo más importante, la foto última, que aunque se pueda sospechar que más que un error fue un engaño (Maroto haciendo bueno aquello de que más sabe el diablo por viejo que por diablo), no borra la amarga sensación íntima de pensar que la voluntad de libertad e igualdad (de esto va la unidad de España), que nos animaba a todos los que estábamos allí, no fue expresada con el escrupuloso respeto y exquisitez que la trascendencia del acto exigía.

Mereció la pena

Es cierto, por tanto, que éste fue el amargo sabor de boca que nos acompañaba a muchos cuando íbamos dejando atrás al bueno de Blas de Lezo (fue imposible resistirse a comprobar si le había surgido alguna cicatriz más), pero no es menos cierto que al final fue otro muy distinto el que se impuso.

Pese a todas las novatadas (C´s), malicias (PP) y oportunismos (Vox) que allí se dieron, al menos un pequeño mensaje de los ciudadanos sí había quedado claro: su infinito agradecimiento y apoyo a los siete jueces que a partir del martes libran la gran batalla por la defensa de la Ley, que no es otra cosa que el último bastión que protege la libertad de todos. Esto fue lo que quedó del día. Y ya sólo por esta única razón, el domingo mereció la pena.

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