20 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Otro ejercicio de efectismo de un Gobierno entregado a los titulares

La sanidad universal o la recepción de inmigrantes no se puede gestionar con buena voluntad ni buscando fotos. No es bueno para nadie y, si se hace sin criterio, estimula la ultraderecha.

 

 

Los inmigrantes 'sin papeles' ya son atendidos por la Sanidad Pública española, aunque no dispongan desde 2012 de la preceptiva tarjeta que el Gobierno de Sánchez ahora, vía decreto ley, les va a devolver para garantizar mejor el principio de "sanidad universal" y, de paso, intentar con ello anotarse un  tanto ante la opinión pública.

Del fondo del asunto no hay mucho que objetar: más allá de la necesidad de controlar sin duda el 'efecto llamada', conceder los mismos derechos a todos los residentes en España es razonable, humanitario y propio de una sociedad digna de considerarse civilizada que además, según todos los informes serios, tiene un limitado impacto económico: la mayoría de las personas en esa situación son jóvenes y gozan de buena salud.

De hecho, pese a que la ley técnicamente impide desde hace seis años disponer de la célebre tarjeta para evitar una suerte de turismo sanitario, a nadie se ha dejado de atender en España felizmente cuando lo ha necesitado y, hasta los 18 años, la asistencia es total y sin diferencias con las de un español.

El problema no es el qué, sino el cómo: los fuegos artificiales en asuntos delicados no son nunca oportunos

El problema no es el qué, pues, sino el cómo: esparcir la idea de que algo muy parecido no existía ya en España, donde todos los inmigrantes -como cualquier otro español no cotizante- en situación ilegal ya son atendidos en Urgencias, Atención Primaria y Especialidades si el facultativo lo considera oportuno; busca más el titular efectista que la solución a un problema y, a su vez, la integración de ese remedio en un contexto general de sostenibilidad del Estado de Bienestar y de coordinación con el resto de Europa.

Acaba de conocerse que, en el primer trimestre de 2018, la Administración Pública ha batido todos los récord de deuda al superar de largo el billón de euros y acercarse de nuevo al 100% del PIB. Con ese desajuste financiero estudiar muy bien a qué se dedican los recursos no es sólo necesario, sino imprescindible para garantizar la viabilidad del Estado de Bienestar sin necesidad de incrementar la ya asfixiante presión fiscal en España.

Esto no equivale a rechazar el principio universal de la sanidad para todos los residentes, con independencia de su nacionalidad ni de su estatus, pero sí a evitar hacer de ello una especie de lema que, como en el caso del Aquarius, emita un mensaje equívoco al mundo.

Organización o caos

España no puede asumir el coste de una inmigración desorganizada, por muy elevados que sean los valores humanos que todos tengamos, y no debe confundir a nadie al respecto so pena de provocar avalanchas imposibles de gestionar con esa misma humanidad que sin duda ha de estar presente en la gestión de este fenómeno.

 

 

La inmigración, bien gestionada, siempre es una oportunidad a efectos de productividad, natalidad, riqueza cultural y cotizaciones. Así lo ha entendido siempre Europa y, por ello, ha conseguido construir las sociedades más avanzadas y civilizadas integrando en sus realidades nacionales la llegada ordenada de africanos, asiáticos o latinos.

La inmigración o la sanidad universal no se pueden gestionar a golpe de titular: a la larga, estimula el crecimiento de la ultraderecha

Pero ese orden es fundamental, para los nativos y también para los foráneos, y hacer demagogia al respecto con unos mensajes que priman la buena voluntad sobre la capacidad real, sólo sirve a la larga para generar el efecto contrario: hacer crecer la ultraderecha, como ha ocurrido en Alemania, Francia u Holanda y ponen en contra a amplias capas de ciudadanos -especialmente las más desfavorecidas-  temerosas de encontrar en los inmigrantes poco más que unos competidores por las ayudas o los trabajos a los que ellos ya aspiran.

Garantizar la sanidad de todos, pues, es deseable. Tanto como salvar a quien se está ahogando o retirar una concertina que provoca profundas heridas a quien sortea una valla: no podemos mirar para otro lado sin perder buena parte de nuestra propia esencia humana. Pero si eso es lo decente, la pomposidad que a todo ello intenta ponerle el Ejecutivo resulta improcedente y además inquietante: la inmigración, como cualquier otro fenómeno, no se gestiona con valores, sino con recursos económicos y decisiones colectivas desde Bruselas.

Rigor y discreción

Y aunque se pierda algún titular y la posibilidad de presumir de una actitud que en realidad tiene todo el mundo de bien, con independencia de su ideología, merece la pena a la larga. La despoblación rural interior y la llegada de inmigrantes son, sin duda, dos de los desafíos más importantes a los que ya se enfrentan España y Europa. Y ambos necesitan, antes que fuegos artificiales, rigor, discreción y una visión de conjunto que aquí no se percibe.

 

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