La prisión viral y las otras prisiones

El confinamiento del virus nos proporciona tiempo de sobra para meditar sobre nuestros otros confinamientos —esas prisiones que ya padecíamos—, pero no está nada claro que lo aprovechemos

Asoma por el pantallismo que nos envuelve un tropel de personajes famosos y anónimos recomendando libros para sobrellevar el confinamiento. En la época más chabacana desde la Edad Media —tan chabacana que los rótulos de los telediarios están escorbutados de faltas y los libros parecen despojos arqueológicos— produce sorpresa que todavía se recomienden estos objetos.

Pero es una sorpresa infundada; un espejismo producido por nuestra ingenuidad, que toma los libros recomendados por libros verdaderos —estuches de ideas que vuelven a la vida cada vez que alguien recorre sus páginas—; una ofuscación momentánea que se desvanece a medida que reparamos en los títulos que proponen los famosos y los anónimos.

En medio de una borrasca sanitaria; ocultos en la madriguera por miedo al contagio; atribulados por la incertidumbre de una pandemia sin precedentes; cuando muchos, movidos por la percepción de nuestra fragilidad y por la enésima consideración del vanitas vanitatum, parecen volver los ojos hacia lo inmutable y lo trascendente, no emerge ningún clásico entre tanta bibliografía.

Nos habíamos figurado que la gente pretendía conocer mejor, a través de la lectura, la condición humana; que se buscaban libros en que indagar las claves de la vida. Era una falsa impresión. Porque sigue sin producirse la reflexión sobre los errores cometidos; y tampoco hay, de momento, ganas de repasar el sistema de prioridades, la escala de valores, el esquema existencial humano a la luz del desvalimiento colectivo.

Sigue buscándose, simplemente, la evasión —la misma de siempre—; la inmersión en futesas e indignidades, que se alcanza con gran facilidad a través del audiovisualismo y ahora, en el trullo residencial, en las garras del tedio, se intenta con libros. El consumo de televisión, según las últimas demoscopias, ha crecido como nunca. Es el día entero frente a la pantalla. Y cansa.

Están las muchedumbres hartas de tener la sesera ociosa, y tratan de hallar otras formas de distraerse. No de aprender, ni de imaginar, ni de pensar: sólo de distraerse. Los libros recomendados han de ser, por tanto, libros televisivos, libros cinematográficos, libros culebrón, libros magazine, libros reality; libros que sean otra pantalla pero con distinta mecánica.

Se quiere otro excipiente pero el mismo principio activo: el cloroformo, la bazofia sensacionalista, mazorral y sicalíptica de antes, de ahora, de luego. Valga, como curiosidad, como añadido revelador, que los famosos o los anónimos que recomiendan esa literatura de saldo a través de la pantalla —y los opinantes en general— escogen como fondo, indefectiblemente, una estantería llena de libros; un decorado que les dignifica, les autoriza y les confiere la pizca de relumbrón que les falta; unos libros que son como alamares postizos de tronío cultural, como alzas de mocasín o frac de alquiler para darse caché, para empolvarse de letras y credibilidad.

El libro mantiene su prestigio como concepto, pero no como tarea, como herramienta de superación; y la prueba es que se recomiendan infralibros, que son libros por fuera pero mierdas por dentro. El progreso humano está cojo desde hace décadas; viene limitándose al orden práctico, a la ciencia y a la técnica —ya lo apuntaba Ortega—, mientras la dimensión humanística, nuestra dimensión medular, decae.

Por eso nos enganchamos una y mil veces en la misma cambronera. Basta escuchar un momento los comentarios que surgen, allá y aquí, entre las masas aburridas; el ansia que traslucen de volver a lo mismo sin modificar, después de la experiencia vivida, nada en absoluto: una dice que cuando salga desgastará los zapatos bailando salsa; otro que se atiborrará de nosequé; otro se arrepiente de no haber viajado más. Volveremos a las andadas. No sacaremos ninguna lección del castigo. No seremos más sabios. Únicamente una vacuna más, un progreso técnico, científico, cientificotécnico, y hasta otra.

Los expertos aconsejan que nos acostumbremos a estas pandemias, a estos virus nuevos, porque la globalización, este ir y venir, esta danza exasperada, exasperante y superflua —estúpida— los convertirá en habituales. Van a sucederse, pues, las oportunidades de mejora espiritual, filosófica, humana y humanística —inmaterial—, junto con las otras. Quizá se aproveche alguna.

De momento, sin embargo, nadie propone clásicos para entretener el arresto domiciliario. Los interrogados, famosos o anónimos, pero todos incapaces de incorrección política, se devanan la mollera —o consultan al apuntador— acechando títulos recientes, novelones de moda: visiones crudas, estereotipadas, crueles, de violencia machista; retablos manidos, manipulados, fanáticos, del esperpento feminista; historias conmovedoras, graciosas, en plan «visibilizar» y «normalizar», de pizpiretismo bujarra.

Libros «in»; libros «show»; libros de una temporada; libros en el tecnicolor paleto del amarillismo; cosas como de Corín Tellado. Ni un clásico de hoy o de ayer. De lo cual se deduce que no hay inquietud literaria que valga; que los empachos televisivos del encierro forzoso no han hecho que la plebe se vuelva bibliófila. Sigue igual de teleadicta, pero ensaya otras maneras de colocarse, otras formas de obtener la misma evasión, el mismo aturdimiento y la misma ordinariez.

El confinamiento físico no está sirviendo para sacarnos del confinamiento intelectual

La pandemia no ha bastado para sacarnos de nuestros lugares comunes, de nuestra ligereza, de nuestra estulticia, de nuestra inercia y nuestra poltronería. El confinamiento físico no está sirviendo para sacarnos del confinamiento intelectual. Hay quien finge recapacitar en las redes, pero no es cierto.

Cuando el virus acabe, regresará la economía del beneficio, el éxtasis del ocio y la empatía ninguna. Los lectores continuarán leyendo libros, antiguos o modernos, pero literarios, profundos, neuroestimulantes y humanizadores; y los teleadictos continuarán viendo realitys, culebrones y adefesios, en pantalla o encuadernados.

En cualquier caso, es una gran ocasión. Por lo menos a nivel individual. Yo, de momento, aprovecho la prisión para visitar el bosque, amenísimo, enriquecedor y radicalmente actual, de la Comedia Humana.

No hay escritor más vanguardista que Balzac.

*Escritor

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