Anomalía de la normalidad

Es hacer como si todo fuese como antes, fingir que darse friegas con alcohol, esquivar a los demás y asfixiarse con una mascarilla son comportamientos que se han puesto de moda

Esta nueva realidad es farragosa; nos exige mil dengues, mil mohines, mil requisitos, mil precauciones y dos mil protocolos para todo. Cualquier fruslería nos cuesta un imperio, pagado en esperas, colas, desinfecciones, turnos y eso ni tocarlo que lo he dejado en cuarentena.

Comprar un jersey ha cobrado tintes de trámite burocrático; entrar a por el pan es como entrar a un quirófano; en los museos tiene uno la sensación de ser un peligro público; y las delicias de visitar una librería —hojear los libros, dar un tiento a la textura del papel, olisquear, sopesar, sumillear— han desaparecido.

Esta nueva «normalidad» es, en esencia, disimular el canguelo, hacer como si todo fuese como antes, fingir que darse friegas con alcohol, esquivar a los demás y asfixiarse con una mascarilla son comportamientos que se han puesto de moda. Pero no es verdad; no se han puesto de moda; no son producto del aburrimiento y del capricho: los ha impuesto el virus, que no se ha marchado, que sigue tan virulento como antes y para el que todavía no hay un remedio eficaz.

La nueva existencia —tan engorrosa y distinta— se debe a que no soportamos un día más el arresto domiciliario y a que las autoridades nos hacen salir del burladero, con el toro presente, para que aligeremos el bolsillo en el comercio. Sólo querían que se aliviara el colapso de las unidades de cuidados intensivos, que bajara un poco la inflamación. Para eso ha sido el encierro. Y ahora, con el mismo peligro que antes, nos dejan salir.

La economía manda, y como ya se puede morir la gente sin que se pierda el cadáver hay que volver a una normalidad que, como no es tal, se ha llamado «nueva». Pero no es nueva; no es otra normalidad, similar a la que teníamos pero con diferencias. Es una situación completamente anormal, un ponerse a diario en peligro, un salir al ruedo sin capote y con las piernas temblonas, esperando que al morlaco no le apetezca embestirnos. La mascarilla no es un capote, y la uci es un picador que llega tarde, cuando ya estamos empitonadísimos.

La nueva realidad en la que vamos a entrar es tan vieja como el mundo: es la realidad milenaria de que no importamos un comino a los gobernantes, de que nos consideran un hatajo de hormigas productoras, de pulgones a los que frotar para que suelten la gotita de néctar. Quieren que salgamos para que gastemos, para que trabajemos, para que muramos con las botas puestas, cotizando como descosidos.

Todavía no hay vacuna; todavía no hay razón para volver a la normalidad normal —a la de siempre—, pero ya nos enganchan a la noria para que hagamos funcionar de nuevo el artilugio económico del que no han cambiado nada en absoluto. Nos han añadido, eso sí, un fárrago tremendo; nos han complicado la existencia con los incontables tiquismiquis de la profilaxis, por lo que nos azuzan poniéndonos delante la zanahoria, el pasmo de lo que fue pero de momento no puede ser, la imagen estupefaciente de la vieja y dorada normalidad, para que nos precipitemos, ebrios de ilusión, con la mirada fija en el espejismo, y salgamos a destiempo.

No habrá normalidad hasta que haya vacuna, una buena vacuna fiable y expeditiva. Lo de ahora es un vértigo; un voy a salir que no puedo más; una falsa normalidad construida sobre las ganas de una verdadera; una forma hiperprolija de moverse, arrastrando enormes cantidades de tics, asquitos, preventículos y embozamientos; un ir por ahí disfrazados del Zorro, escondiendo la sonrisa y, quizá, las intenciones.

No me gusta la nueva «normalidad» porque ni es nueva ni es normal. Es la triste anomalía del quiero y no puedo; la interposición del requisito y la zarandaja entre nosotros y la realidad; un aherrojamiento que puede ser aprovechado como antesala de otro. Quiere decirse que nos van a regular la vida por decreto con motivo del virus y luego, cuando ya nos tengan acostumbrados, aprovecharán para ponernos el exoesqueleto bolivariano, perroflautiano y kafkiano que llevan todos los ilotas de las repúblicas bananeras.

De la cuarentena y la desinfección obsesiva pasaremos al clientelismo ideológico; de la rebelión de las masas a la rebelión en la granja, y del mundo feliz al milnovecientosochentaycuatrismo. Y además, con el 5G incorporado a todo seremos objeto de un seguimiento férreo, de un control absoluto, de una tiranía sutil que se irá volviendo sórdida, explícita y descarada.

Pensad lo que gustéis al respecto; pero hacedlo pronto, porque dentro de poco nos habrán tasado hasta el pensar. Este virus biológico ha venido al pelo a ciertas facciones, guedejas o verrugas del poder, que lo están utilizando para distraernos del virus político en que cifran su esperanza totalitaria; y mientras no haya vacuna para el primero nos irán adiestrando para el segundo, con el punto de mira fijo en el momento —supremo, triunfal, horripilante, dramático, abominable— de apuntillarnos con el 5G, que será graduarnos en hambruna, piojera y amordazabilidad.

*Escritor. Puedes escribir al autor al correo electrónico juviyama@hotmail.com

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