25 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

España no aguanta ni un minuto más a un presidente atrincherado en Moncloa

 

 

El Congreso escenificó este miércoles la perversa y antinatural manera con que un dirigente político sin respaldo ciudadano llegó a la presidencia del Gobierno y el precio que, en términos de alianzas indignas para compensar la falta de votos, tuvo que abonar para lograrlo.

Pedro Sánchez se exhibió como lo que es: un político sin apoyo parlamentario, con 84 diputados propios mal avenidos, sin fuerza ni autoridad, carente de presupuestos y más duro con sus rivales constitucionalistas que con sus socios interesados secesionistas. Una actitud lamentable que, además, no le sirve de nada.

En su sitio

Porque el independentismo demostró, con la rotundidad habitual, que solo le prestó sus votos en la moción de censura para tener más fácil conseguir sus objetivos, y que lejos de querer participar en la supuesta regeneración impulsada por Sánchez -irónica en el Gobierno que más dimisiones y escándalos acumula en menos tiempo-, aspiraba a facilitar un Ejecutivo más débil y expuesto a sus caprichos.

 

 

Que Sánchez supiera todo eso, evidente para cualquiera, y que pese a ello aceptara, lo dice todo de sus principios e intereses y de su proyecto político, resumido en una única idea: hacer lo que sea, por contraproducente que resulte para España, con tal de atender sus intereses, estrictamente personales.

España necesita votar con urgencia y dejar de padecer a un presidente que solo piensa en sí mismo a costa de todo

Las circunstancias objetivas de Sánchez y de su Gobierno no se tapan ya con propaganda ni frases hechas, ni se pueden subsanar con una absurda huida hacia adelante que desprecia la escalada secesionista, el deterioro económico, la quiebra social y la falta de rumbo de la Nación.

Como dijeron con razón Pablo Casado y Albert Rivera, autores de sendos discursos de enorme envergadura política, en España urge aplicar un 155 en Cataluña y convocar a los ciudadanos a las urnas. Padecer a un presidente atrincherado en La Moncloa y sometido a los vaivenes de los protagonistas del mayor desafío democrático vivido en España desde 1978 es indigno e indecente.

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