Una mala rutina nocturna

Vemos grupos de chavales que van de aquí para allá de madrugada, que se desplazan de una casa a otra, de un parque a otro, de un descampado a una zona oscura

Estos tiempos que nos han desbordado a todos por sus concretas circunstancias de enfermedad y consecuencias de urgencia nos han hecho cambiar algunas costumbres. Los patrulleros observan cambios en sus vigilancias rutinarias sobre todo cuando la ciudad duerme. Las madrugadas tienen más actividad. Ni la soledad, ni el descanso, ni el silencio es precisamente lo típico. No vuelan los murciélagos en la noche y no se posan los búhos en los postes o las señales de tráfico en las carreteras y las ratas no cruzan de un arbellón a otro.

Hay manadas de jóvenes por todas partes.

Es obvio que muchos jóvenes han potenciado costumbres nocturnas y se han convertido en caminantes de la noche, amigos de la luna que acompañan a la luz artificial amarilla de las farolas de su pueblo, de su ciudad, de su hábitat. No juegan a ser Batman, ni a proteger a la gente, tan solo es buscar la diversión, acompañar a sus amigos, relacionarse y no quedarse solos.

 Ahora vemos grupos de chavales que van de aquí para allá de madrugada, que se desplazan de una casa a otra, de un parque a otro, de un descampado a una zona oscura y podemos pensar… ¿Qué hay de malo en ello?...  

Han aumentado las quejas por molestias vecinales porque la gente que se levanta temprano no puede dormir y existe un abanico de actividades que contribuyen al enfado, al nerviosismo y por consiguiente a la explosión con determinada ira del que aguanta. Conflictos vecinales por doquier.

Jóvenes que jugando de madrugada al Fornite o al Call of duty se ponen sus cascos en su consola u ordenador y que sin querer no se dan cuenta que su entusiasmo por ganar la partida con otros colegas le hace chillar en el silencio de la noche y claro, cada parte defiende su derecho, unos no entienden que no hacen daño a nadie, tan solo están pasando un rato de diversión y otros, desesperados por llevar horas sin pegar ni ojo escuchando gritos y exclamaciones, que no saben si tirarse por la ventana o patear la puerta del vecino al que parece ser nadie le dice que molesta.

Un conflicto de intereses que no se resuelve del todo, por una simple apreciación. No hay el debido respeto por los demás, una falta de empatía. Sólo lo más sensatos lo entienden y piden disculpas y cesa ese comportamiento. Se trata de entender el problema.

Grupos de jóvenes en los que nos sorprende la cantidad de menores que se integran con los más mayores que dicen que sus padres saben que están en la calle un martes a las dos y media de la mañana. Algunos jugando al balón, mientras se bajan la mascarilla pero poniéndosela cuando ven el coche patrulla, pero todos juntos, unos gritando, otros con sus patines eléctricos que aparecen y desaparecen con esa facilidad para esconderse tras los contenedores, las aceras imposibles, y los atajos que han aprendido de memoria en su curso de velocistas Flash sabiendo que no le pillarás.

Muchos de esos grupos diferenciados donde cada vez que te acercas hueles un potente aroma a hierba que no sabes si es sativa o índica o una mezcla de ellas. Litronas de cerveza y calzada llena de botes de energizantes. La basura acumulada que no es un problema para ellos, puesto que está en el suelo en vez de tirarla a un contenedor o papelera. Micciones en las paredes, olor a azufre, señales de tráfico dobladas, algún contenedor quemado, Pintadas de grafitis sin un ápice de arte con motes y apodos de antihéroes, risas, cachondeo, gritos, y en algún momento lloros, lamentos y quejas. 

Preguntas qué hacen tan tarde por ahí, que parecen sin rumbo ¿por qué no están en casa?…

La contestaciones son diversas: “Me apetece estar donde me da la gana”, “este es un país libre” “no puedo estar en casa, odio a mis padres”, “no puedo fumar porros en casa”, “quiero ver a mi novia”, “no tengo nada que hacer que matar el tiempo”, ”No estoy cometiendo un delito”, “lo mismo que harías tú si fueras yo”, “tomando el aire”, “no tienes derecho a preguntarme”, “mis padres saben que fumo porros”, “estoy todo el día con mis colegas”… Entre otras contestaciones que no tienen desperdicio. Algunos te explican que necesitan esa libertad y que la vida para ellos no es fácil, otros comentan que necesitan des estresarse.

Los espacios públicos que se ocupan de latas vacías, papeles arrugados, bolsas de plástico de snaks y otros envoltorios, botellas de cristal de bebidas alcohólicas, algún altavoz miniatura de teléfono móvil para escuchar trap, gran cantidad de colillas, así como los turismos de aquellos que ya tienen coche.

Llamadas constantes de que hay un vehículo con un aquelarre de chavales con maleteros abiertos, bailando y bebiendo alcohol, así como que derrapan sus ruedas o hace carreras, o que va conduciendo uno que lleva encima del capot a dos jóvenes sujetándose para no caerse. Peleas entre ellos por cosas absurdas, otras por simple poder sobre los demás.

Nada que no nos sorprenda, puesto que ser adolescente va de la mano de las bravuconadas, de la rebeldía, de ser valiente, atrevido, de probar y sentir las cosas para experimentar la vida, de ir elaborando la personalidad que cada uno de ellos tendrá de adulto. Antes nos decían a los niños “no hables cuando lo haga un mayor” y ahora no hay un límite en la opinión, la crítica, o en decir lo que les sale de las entrañas. Antes decíamos: “¿Cómo vas socio, colega?” y ahora la expresión es más característica: “¿Cómo te va loco?”… Jugando a ser Tupac o a imitaciones de chulos de la calle tipo pandillero que no saben que el diablo nunca llora, el ser humano sí.

Pandemia o no a algunos les importa un comino lo que sucede. Insultos, burlas, desplantes, plantarles cara a los uniformados, lanzarles objetos, qué más da… Eso pueden convertirse en denuncias administrativas que jamás pagarán y como mucho puede acabar en una pena de localización permanente que es lo más absurdo que puede dictaminar la ley penal, que molesta más a la patrulla que al penado, que se hincha a jugar a video juegos y a fumar hierva mientras la familia está harta de que vacíe la nevera con exigencias y amenazas. No trabajo, no actividades, no hay obligaciones, solo matar el tiempo.

Jugar a la vagancia no es bueno, deambular en la noche y dormir casi todo el día no es bueno. Acostumbrarse al vicio no es bueno, y no respetar a los demás es lo más destacado en estos tiempos que vivimos. Muchos vecinos se quejan constantemente de esta actividad nocturna, llaman una y otra vez, gente al borde de un ataque de nervios. Esto es ya una costumbre.

Soluciones mágicas no existen, piensen por qué.

*Oficial de Policía Local y Grupo EmeDdona.

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