Los circos y el Consell

Los animales están en circos porque todavía es legal que sean utilizados en nuestra comunidad como modo de diversión, porque no se ha promovido ninguna acción legal más allá del titular

La gente anda un poco desorientada. Y no es para menos. Continuamente nos llegan titulares de prensa que aseguran que quienes nos gobiernan han decidido que van a iniciar acciones que repercutirán en nuestro día a día.

Algunas de estas iniciativas incluso implican aportar dignidad a la vida de quienes se verán afectados por ellas.

Y claro, cuando el anuncio en prensa queda sólo en eso, en un titular, y el mensaje ha calado y ha generado expectativas, la incredulidad hace mella.

En esta ocasión voy a referirme a la utilización de animales salvajes en los circos. Pese al anuncio del Consell hace más de dos años en prensa de su prohibición, nada ha cambiado desde el punto de vista legislativo.

Mucha gente se pregunta cómo es posible que en Alfafar se encuentren estos días enjaulados tigres, llamas o caballos, entre otros, si se había prohibido su participación en los circos.

Y la triste realidad es que esos animales, están ahí porque todavía es legal que sean utilizados en nuestra comunidad como modo de diversión, porque no se ha promovido ninguna acción legal más allá del titular.

Todos los animales obligados a participar en los circos, no sólo los considerados “salvajes”, tienen una vida de miseria.

Obligados a vagar de una ciudad a otra, en ocasiones en régimen de alquiler, como si fuesen un mero objeto, y no los seres con capacidad de sentir y sufrir que en realidad son, deben sobrevivir en espacios reducidos, totalmente artificiales, donde sus necesidades físicas no son atendidas y sin un mínimo de consideración a sus necesidades psicológicas y afectivas.

En el caso de Alfafar, además, a estos animales sólo los separa una vía de servicio de los 6 carriles de circulación, más uno de incorporación, de la autovía CV 31, por la que cada día circulan miles de vehículos. Es fácil imaginar la polución que respiran y los decibelios constantes a que están sometidos sus sensibles oídos.

Por no hablar de su entrenamiento. ¿O cómo creemos que es capaz un elefante de ponerse a dos patas sobre un taburete o un león de atravesar un aro de fuego? Evidentemente el castigo y el miedo son los grandes protagonistas de su miserable rutina.

Para que esta forma de explotación totalmente innecesaria termine, es importante la implicación de la administración, con leyes que impidan estas actividades.

Mientras esto ocurre, la ciudadanía debemos plantearnos ampliar nuestro círculo de consideración y  repensar el modo en que vemos a los animales. No podemos quedarnos sólo en lo superficial, sino tratar de imaginar qué se esconde tras cada uno de los animales que son utilizados para obtener algún beneficio.

Y puedo asegurarles que, en más del 90% de los casos, lo peor que puedan imaginar se queda corto. Así que nuestro particular granito de arena, para liberarles de esa opresión, es no acudir a actividades en que los animales son obligados a participar y contar su historia, para que este mensaje cale entre nuestros familiares, amistades y personas conocidas.

Ellos no tienen voz, así que, mientras quienes nos gobiernan se lo piensan, debemos ser la suya.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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