Un relator con sabor a mediador

Pedro Sánchez está dando un fabuloso balón de oxígeno a un movimiento independentista que vive sus horas más bajas

Ya casi nada sorprende del gobierno presidido por Pedro Sánchez, pero la nueva ocurrencia del relator, a fin de contentar a los nacionalistas catalanes, amenaza con ser la más grave, por las connotaciones simbólicas que conlleva.

Incluso queriendo ajustarse a la definición de diccionario, que configura al relator como poco más que un notario que da fe de lo dicho en una reunión, de algún modo nos queda la imagen del mediador que tanto tiempo llevan demandando y, así, el reconocimiento implícito de una cierta excepcionalidad.

El relator puede tener su razón de ser en otras circunstancias: conflictos abiertos (pero de los de verdad, no rocambolescas tergiversaciones de la realidad que terminan con la ley actuando y exilios de lujo en mansiones belgas), estados fallidos que no controlan todo su territorio y otras situaciones extraordinarias. No es el caso español.

España es un país democrático, con una neta separación de poderes y un sistema institucional sólido. Nuestros problemas en relación a las actuales ansias independentistas no provienen de la historia más antigua.

No hubo conquistas forzosas ni se sometió a la población. Cataluña siempre formó parte de lo que sería el actual estado español. Durante la guerra de sucesión, que intentan vender como de secesión, Cataluña no pugnaba por su independencia, sino que tomaba parte en favor de uno de los contendientes a la corona española.

El problema independentista actual tiene un origen en el tiempo que se puede situar en el sitio por los indignados al Parlament de junio de 2011, en plena crisis. Un Artur Mas que llegó en helicóptero para evitarlos, en el comienzo de la decadencia de CIU, tuvo una epifanía: no solo culpar a España de todos los males de Cataluña (eso es un discurso recurrente), sino además hacer suya la bandera del independentismo, que enarbolaba sin tapujos una pujante ERC.

Todos los intentos de frenar este avance fueron en vano. La presencia del PP en el gobierno les sirvió de excusa, que el PSOE no dudaba en respaldar, sobre la falta de diálogo y esfuerzos para el entendimiento, cuando, como bien han aprendido los socialistas una vez en el gobierno, hubiera dado igual que partido gobernase; son insaciables y poco realistas.

Es posible que Sánchez crea honestamente estar haciendo lo mejor para terminar con la actual coyuntura catalana, pero históricamente el apaciguamiento se ha interpretado como signo de debilidad.

Está dando además un fabuloso balón de oxígeno a un movimiento independentista que vive sus horas más bajas y al que le está pasando factura su dejadez en la gestión pública, supeditada al objetivo final de la idílica república catalana.

Si en algún momento a Pedro Sánchez se le pasó por la cabeza que desde ERC y el PDeCAT, con lágrimas en los ojos por su visión y magnanimidad, le agradecerían el gesto de algún modo, la anunciada enmienda a la totalidad de los presupuestos socialistas anunciada por ambos, resulta una manera extraña de manifestarlo.

Con bastante más acierto se ha manifestado Felipe González, al declarar que, si se quiere diálogo, este deberá producirse en su lugar natural, es decir, el Parlamento Catalán. Sánchez, con la decisión de introducir la figura del relator, no se enfrenta sólo a la reacción de la oposición, sino a la de buena parte de su partido, no precisamente sospechosa de veleidades derechistas, que son testigos horrorizados de una metedura de pata que traerá consecuencias; previsiblemente negativas.

 *Politólogo y abogado.

 

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