Víctimas de otra víctima

Ese día comenzaba la temporada de caza. Ese día algunos salieron a sembrar la muerte en el campo. Miles de animales cayeron ese lunes

Se llamaba Princesa.

Era una preciosa gata negra que vivía en una colonia en un municipio de la provincia de Valencia, Villanueva de Castellón.

Era muy sociable, de esas que sabes están deseando sentir lo reconfortante de la caricia de una mano amiga, pero que a la vez tienen tanto miedo, que pocas veces se terminan de decidir a dejarse tocar.

Princesa no se equivocaba. La calle es un lugar hostil para los gatos y fiarse de las personas en muchas ocasiones es una condena a muerte.

Pese a que haya quien todos los días no se acueste, haga frío, llueva o tenga fiebre, sin antes pasar a ponerles comida y agua y comprobar que están bien.

Personas que, además de su tiempo, dedican a mejorar la vida de los callejeritos los recursos que a veces ni tienen.

A Princesa ya la habían esterilizado, para evitar que tuviese hijos que heredasen su condena a malvivir en la calle.

A Princesa le habían operado de la boquita, porque tenía una infección que le provocaba dolor y le impedía comer.

Princesa, gracias a los cuidados y recursos de personas con un corazón enorme, ahora gozaba de buena salud. No tenía dolores y no iba a sufrir por la muerte de sus hijos. Sólo tenía que seguir alerta y mantenerse viva.

Sin embargo, y pese a que su instinto le decía que desconfiara de las personas, la maldad de algunas, puso fin a su vida.

En este caso no la mató un humano directamente.

Fue una víctima del ansia de matar de algunos, la que le arrancó a bocados la vida a Princesa, convirtiéndola en una víctima más.

Testigos vieron como dos perros, de los utilizados como instrumento para cazar, se acercaron a toda velocidad a la caseta de cartón sobre la que Princesa estaba descansando y, sin darle tiempo a reaccionar, destrozaron en unos segundos su pequeño cuerpo.

Ese día comenzaba la temporada de caza. Ese día algunos salieron a sembrar la muerte en el campo. Algunos llevaban perros, que corrían sueltos a sus anchas buscando las presas por las que serían recompensados. Perros como los que se llevaron por delante a Princesa y dejaron un doloroso hueco en el pecho de quienes la cuidaban.

Ese día, que debía ser festivo, no sólo murió Princesa a bocados.

Miles de animales cayeron también ese lunes. Lo que ocurre es que a ellos nadie les puso nombre, ni nadie les echará de menos.

Como nadie echará de menos a esas herramientas de matar que, cuando haya terminado la temporada de caza y ya no sirvan, acabarán colgados de un árbol, muertos por inanición en lo hondo de un pozo o agonizando durante días con el cuerpo sembrado de plomo.

Porque pueden tratar de justificarlo con mil falacias que cada vez cree menos gente, pero la caza es como un oscuro manto que cubre de muerte aquello que toca.

D.E.P. Princesa.

Que la tierra os sea leve también a todas las demás víctimas de la caza.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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