17 de junio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Robin Sánchez

El presidente está superado por todos los lados y en su propio entorno saben que no puede cumplir casi nada de lo que comprometió. Pero es un temerario, con otro plan. Es éste.

 

 

Pedro Sánchez es un figurín a la hora de exhibir el traje presidencial. Fíjense en cómo ha sacado la artillería para postularse como el Robin Hood de los “sufridores” al grito de “¡La democracia es también que no paguen siempre los mismos!”.

Y es que, cuando las encuestas internas aprietan y el poder está en juego, Sánchez va a por todas. Su entorno llevaba detectando desde el final del verano un constante desgaste, trasluciendo claramente que el empuje entre ese electorado más ideologizado, al que animó la tarjeta roja a Mariano Rajoy y el posterior desembarco en La Moncloa, tenía más de coyuntural que de tendencia arraigada. De hecho, los estrategas del presidente del Gobierno andaban necesitados de un “relato” -como se repite con cursilería- que espolease a la izquierda. 

Y mira por dónde, las aguas del mar se abrieron de repente y surgió la batalla contra la banca por el impuesto de las hipotecas. Nada importa que el mismo Sánchez que declara la guerra a las entidades financieras se beneficiase de una ventajosa hipoteca en 2008. Pelillos a la mar.

 

Hay ya un Sánchez temerario. Un presidente a lomos de una gran operación ideológica al servicio de su interés electoral

El líder socialista en aquella época no era “el presidente”… El traje obliga. Así que tocaba defender sus actuales tesis anti-establishment con el mismo vigor con el que ha cargado contra el Tribunal Supremo -por más que los jueces no hayan podido hacerlo peor- pese a lo que supone deslegitimarles pocos meses antes de que juzguen a los cabecillas del procés.

Papel mojado

Algún aviso recibió en ese sentido, según me cuentan desde los aledaños de La Moncloa, pero cayó en saco roto. A la vista de todos ha quedado. Sánchez ve cómo sus planes se emponzoñan. Sus esperanzas de aprobar unos nuevos Presupuestos son papel mojado. Ni siquiera su empeño por exhumar a Francisco Franco del Valle de los Caídos lleva un rumbo que permita ver la luz del final del túnel en el que se ha metido.

En realidad, bien visto, la única promesa que a estas alturas mantiene viva, al menos en su audaz mente, es que llegará hasta 2020. Cosa, por cierto, que su propio entorno pone en duda. Con estos mimbres, y ante un calendario cargado de urnas, empieza a descubrirse el Pedro Sánchez temerario. Un presidente a lomos de una gran operación ideológica al servicio de su interés electoral.

 

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